No es Cuba ni Haití ni Sudáfrica… Es el mundo

Por: Alfonso García Viñas

Martes 20 de julio, 2021, Ciudad de México


No, no todo comenzó en Haití. Si bien la noticia del magnicidio ocurrido en la isla dio mucho de qué hablar durante días y días a la prensa mundial, el homicidio de Jovenel Moïse en la residencia presidencial fue algo así como la gota que colmó el vaso de muchos países que vieron en Haití el reflejo que en muchos territorios es notorio y diario: la apatía.

Uno podría decir: ¿Qué tiene que ver el asesinato del mandatario del país con el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita más bajo del continente americano, con el encarcelamiento del más popular expresidente que ha tenido Sudáfrica en décadas? A primera vista puede que nada, pero si uno ve un poco más profundo podrá encontrar el hilo rojo, ese que mucha gente dice, une dos cosas: hechos, objetos o personas que están destinados a estar juntos. Y bueno, justo debajo de la noticia como tal hallamos la desquiciante pobreza que margina, que pudre a la sociedad tras años y años de infectarla como cáncer, siendo el magnicidio y el retiro público de una figura de esperanza para millones, como los síntomas finales de lo que viene: el descontrol. Y no son los únicos que viven algo similar, podrían estar peor, mucho peor. Y es que, aunque no existiera un catalizador como en los casos anteriores, países como Cuba y más recientemente Guatemala, se encuentran en situaciones tan parecidas como desgraciadas: el hartazgo es innegable, siendo siempre bajo la misma premisa, que vendría siendo la desesperación como común denominador de todos los casos anteriores.

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¿Qué obtiene usted si suma hambruna más desesperación y lo divide por desesperanza? Obtendrá apatía. Lo preocupante acá no es la apatía gubernamental, esa ha existido desde siempre, bajo cualquier situación, líder o régimen. Lo malo es que la apatía ya es inversa, no sólo el gobierno es ahora dueño de ella, sino que el pueblo ha mutado por falta de un oído atento a los gritos, en una masa decidida y en muchos casos, inquebrantable, perfilada a hacer lo que sea necesario para lograr su objetivo y eventualmente, regresar a sentir algo que no sea desasosiego.

A Jovenel Moïse no lo mató Estados Unidos con manos colombianas planificadas en Dominicana. Al expresidente sudafricano Zuma no lo encarcelaron por jinetear millones de dólares en los poco menos de nueve años que gobernó el país mejor posicionado económicamente de todo el continente africano. A Díaz-Canel no lo presiona todo gobierno consciente del mundo por liberar a Cuba del viejo Castrismo que parecía extinto, pero que volvió como una infección en las entrañas de la isla. A Giammattei no le encontraron millones de dólares en lavanderías que eran dedicados para la vacunación anticovid de los casi 16 millones de guatemaltecos, a los que apenas han logrado inocular al 1% de todos. No. A todos ellos no les pasó nada de eso por las razones que conocemos. Fue por el pueblo, la voz gutural y salvaje que comenzó susurrando en la oscuridad y que hoy grita sin cansancio a la luz de las llamas que por más que intenten, no se extinguirán.

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Y si se mira bien, dentro de todos esos aquelarres salvajes que se forman en cada país que hemos mencionado hasta acá, si se mira con la atención necesaria, por encima de los hechos tangibles que se ven en los noticieros, justo ahí, podrá ver un hilo rojo, color parecido a la sangre, que de tanto permear con los miles de caídos en miles de intentos, se ha vuelto visible, innegable, incansable, y como en la mitología griega a los hilos vitales de los dioses: irrompible.

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