La llorona, de la leyenda a la realidad | Ensayo

El mito novohispano de La Llorona es un relato tan antiguo como nuevo. Su desenlace trágico, lamentablemente, persiste hasta nuestros días, quedando muchas veces el estigma social hacia la mujer, lo que hace que la narración de la leyenda se permee con la realidad.

Por: Miguel Mariscal

| Jueves 24 de marzo, 2022, Ciudad de México

| Tiempo de lectura: 4 min

La Llorona es una leyenda que se remonta a época pre-colonial.

La Nueva España había adoptado una leyenda prehispánica relacionada con la Diosa Tenpecutli, misma que purgaba una pena por haber ahogado a sus hijos en un río. Esta diosa –según se cuenta- era muy bella y tenía la capacidad de cambiar su rostro por el de un animal como los nahuales. Con el tiempo fue surgiendo el mito de La Llorona con su variante novohispana.

Dicha leyenda narra a una mujer de origen indígena que se enamora perdidamente de un caballero español, de dicho romance la pareja concibe tres hijos. Ella estaba deseosa de formalizar su relación, no obstante, aquel caballero español esquivaba sus exigencias, y dejando a un lado el amor que sentía por ella y dominado por el estado de su reputación ante la sociedad, decide contraer nupcias con una aristócrata española. La mujer al sentirse humillada enloquece y asesina a sus tres hijos en un río, para después quitarse ella misma la vida. La leyenda dice que en las puertas del cielo se le preguntó en dónde estaban sus hijos, y ella al contestar que no sabía, fue condenada a buscarlos por toda la eternidad.

A partir de la leyenda, la ciudad dictaba que desde las once de la noche, cuando se daba el toque de queda y las calles quedaban desiertas, se escuchaba el lastimero y desgarrador llanto de una mujer que pronunciaba:¡Ay, mis hijos! al unísono con el viento, haciéndose oír por todo el lugar causando escalofríos hasta al más osado.

Por supuesto, que el mito de La llorona no es exclusividad hispanoamericana, dichas narraciones se encuentran en muchas partes del mundo. Por ejemplo, en Grecia está el relato de Medea, que por celos mata a sus hijos luego de que Jasón la abandonara por otra mujer; o la historia africana que describe a una mujer lamentándose por sus hijos ahogados en el océano; en Filipinas, el fantasma de una sirena aúlla en el mar por las noches lamentando el asesinato de sus hijos por el amor de un pescador, se dice que cuando se escuchaba su llanto es porque alguien se había ahogado. En todas las versiones existen puntos en común: mentiras, engaños, decepciones amorosas, desesperanza, soledad, venganza y claro, la muerte.

Titular de la Nota en el periódico «Novedades»

La mañana del 9 de agosto de 1982, en la ciudad de México, cuatro niños fueron asesinados por su madre, Elvira Luz Cruz. Según declaró, los había matado porque no tenía dinero para darles de comer. Ese fue el principal motivo, aunque, claro, el acto llevaba implícito la decepción amorosa, el maltrato y el engaño. La mujer fue sentenciada sin más pruebas que las circunstancias.

Años después -dijo la prensa-, la ineficiencia legal y la serie de anomalías del juicio atrajeron la atención de intelectuales, grupos feministas y de derechos humanos. Argumentaron que Elvira había sido declarada culpable por ser mujer, pobre, indígena y analfabeta.

El periódico Novedades publicó así la noticia:

“Asfixiándolos, Elvira Luz Cruz, de 26 años, fue como propició la muerte de sus cuatro pequeños hijos, según lo confesó a elementos de la Policía Judicial del Distrito, luego que la multihomicida intentó suicidarse. ‘Estoy arrepentida de lo que hice, pero al verlos llorar de hambre y no tener dinero para comprarles alimento, me desesperaron y por eso tomé la determinación de matarlos… Lamentablemente no me fui con ellos’, declaró la acusada. Elvira Luz Cruz aceptó haber matado a sus cuatro vástagos: Israel Luz Cruz, Eduardo, Marbella y María de Jesús Soto Luz, de 6, 3, 2 y dos meses de edad”.

Fragmento recuperado del periódico «Novedades»

Elvira, relató que llevaba una relación amorosa con Nicolás, el padre de tres de sus hijos. Después que empezó a vivir con él su vida fue un tormento, soportando maltrato físico y psicológico, abuso sexual, agresión infantil, escasez económica, y las infidelidades de su pareja.

Cansada de tanta vejación por parte de su pareja y de su suegra, de pedir prestado a familiares y vecinos -ya que su sueldo de trabajadora doméstica no le alcanzaba-, todo ello aunado a la desesperación de ver llorar a sus hijos de hambre, llevaron a Luz a un punto insostenible que decidió acabar con su vida y la de ellos.

Pasamos de la leyenda a la realidad, una que supera en mucho a la ficción, que es tan lejana, pero tan cerca que le vemos la cara. En el primero, vemos que el motivo original fue el engaño amoroso: en el segundo (la realidad), el mismo motivo, pero además la miseria y la ignorancia, elementos precursores de todos los males de la sociedad.

A la llorona de la narración colonial la juzgaron las huestes celestiales a vagar por la eternidad; a Elvira, la juzgaron las terrenales a pagar una pena que la estigmatizó. Para muchos fue verdugo; para otros, víctima de un sistema social que no ofrece las oportunidades adecuadas para las mujeres, sobre todo a las más desprotegidas.

¿Quién o quiénes son los culpables? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que, mientras no cambien nuestras leyes de protección a la mujer, mientras no haya mejoras en la educación, mejores oportunidades de empleo y se erradiquen los estereotipos, habrá  Lloronas, Medeas y Elviras deambulando por el mundo, por causa de una sociedad cada vez más feroz e injusta; cargando ese lastre que conlleva la miseria, la ignorancia y la discriminación social.

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