El pesador de la avenida

La calle muchas veces es el escenario donde convergen personas que en apariencia no tienen nada en común, sin embargo, también es escenario de hombres y mujeres que resaltan por su trabajo y servicio.

Por: Miguel Mariscal // @1miguel.mariscal

| Viernes 13 de enero, 2023, Guadalajara, Jalisco.

| Tiempo de lectura: 4 min

Pesador de la avenida, foto tomada de internet.

Vagar por las céntricas calles de la ciudad muchas veces es encontrarse -queriendo o no- las agujas del pajar, o los garbanzos de a libra; y sea o no coincidencia, o el “azar electivo” de Breton, pero algo sucede en mis andanzas que me llevan al encuentro con personajes tan distintos y de diferentes oficios. Lo que sí creo es que, siempre voy a encontrar en el rostro desconocido una historia que me cuenta, y si no, lo podré suponer. Un rostro silencioso y desconocido siempre me cuenta una historia.

Y en esos encuentros fortuitos que emanaban de una suficiente caminata, urgido tal vez por una fijación personal de índole deportiva, necesitaba pesarme. Por supuesto hoy es común tener una báscula en casa, ya sea fuera del baño o debajo de la cama; pero yo no tenía una y necesitaba pesarme con regularidad, según yo las más fieles eran las que se usan en los consultorios del sector salud.

No mucho recordé a cierto personaje de esos que minuciosamente ponen su báscula de reglita en alguna parte de la ciudad, sea cerca de algún parque o algún mercado municipal; éste se encontraba por la Calzada Independencia, abajito de un puente peatonal. Aunque es una actividad, y hay que reconocer que va o ya está en vías de desaparecer —como tantas actividades que han llegado a su fin, como especies en extinción—, tuve la suerte de encontrarlo. Dicha ocupación es semejante a la de un ayudante médico en beneficio de la salud, o en su caso contrario, como una labor confidente a la que rogamos por unos gramitos menos en pro de la vanidad.


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¡Buenas tardes! —saludo.  

Y sin más respuesta que una turbia mirada acompañada de una leve mueca, que según yo interpreté como buenas tardes, a sus órdenes, me subo a la báscula, y como todo un topógrafo de la ley de gravedad, experto en medición, hace un leve movimiento de manos y agrega: 66 kilos.

¡Hombre que bien! —Exclamo—, traigo buen peso. Y quedo satisfecho.

De aquí en adelante me seguiré pesando con este noble señor que trae su báscula bien calibrada.

Es este hombre incógnito que me encontré al andar por la calle, el personaje singular que, sin más, me brindó un servicio —cual sea y por pequeño que sea— a mí y a otros tantos desconocidos personajes, que por azares nos encontramos en el camino; cada cual, con su cruz a cuestas, y como Simón de Cirene nos ayuda un poco a llevar la cruz, tal vez como la canción de la bala perdida: “aunque la cruz no sea pesada, pero los filos calan”, eso sí, en algo nos alivianan la carga.

En realidad, este anciano es una persona que tienen nombre y apellido, pero para mí y otros incautos, quizá sea el perfecto desconocido, el que sólo vemos en determinadas ocasiones (aunque sea de forma intermitente) y que no reparamos en sus historias de vida. ¿Será importante eso, conocer por lo menos sus nombres o preocupaciones? 

Recurrí a él muchas veces y por varios meses, hasta que por equis o ye me extravié en otras andanzas, luego volví a necesitar de su servicio y volví a aquella esquinita donde siempre se ponía a ejercer su oficio a favor de los ilusos que como yo querían controlar el peso.

No lo vi más. Pasó el tiempo y por curiosidad de saber que había pasado con este señor ya entrado en años, que siempre lo veía tan sobrio y tan callado, fue que me atreví a preguntar su paradero. Se me ocurrió preguntar en el negocio de chácharas justamente afuera de donde estaba situado.

Murió, —me dijo el encargado—, “lo supimos porque unos parientes vinieron a recoger su báscula que nos dejaba encargada, mas no se la pudieron llevar y hasta la fecha no han regresado”.

Báscula en negocio. Foto tomada por el autor.

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Me impactó la noticia. Que frágil es la vida —me dije-. Lástima que no supe ni su nombre, ni pude entablar alguna conversación por más que le hacía comentarios. Sin embargo, después reflexioné que él platicaba a su manera; la parsimonia de sus movimientos, su rostro sereno, su mirada lenta, su mueca silenciosa de aceptación como respuesta; esas eran sus palabras.

Pude para estas líneas haberle inventado un nombre, un apellido, una historia de su procedencia y de cómo llegó a esta esquina llena de gente, pero no sucedió así; fue una persona que como yo andan de aquí para allá topándose con otros tantos invisibles, sin linajes ni historias heráldicas. Y aunque fuimos unos “desconocidos”, para mí por lo menos llegó a tener una importancia por su trabajo, una identidad peculiar, un nombre: el pesador de la avenida.

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