Sin manecillas | Relato

Hastiado de observar y esperar, sin una señal salvo sus frustradas pisadas, se cansa de intentar contemplar la brisa. ¿Qué puede esperar a quién el alma se haya confusa?

Por: Dulia I. Fernández.

| Jueves 22 de diciembre, 2022, Ciudad de México.

| Tiempo de lectura: 8 min.

«Terrible» así describía la situación. Desde que despertó las desgracias habían estado arribando una tras otra, sin posibilidad de parpadear ante el afanado mar en picada. El polvo atestaba contra su rostro sin gentileza mientras en su boca el sabor a sal secaba sus entrañas.

¡Excelente velada! ¡Excelente consciencia! Debía celebrar con una botella de vino las mil desgracias que a su cama bailaban.

‒Ha sido complicado, ¿verdad? ‒la mucama levantaba la basura del suelo, se esforzaba en limpiar cualquier rincón del pequeño departamento. Triste era su sentir cuando su mirada enfocaba algún sitio recién ordenado para apreciar el desastre provocado por la irritación del señorito.

No importaba por donde mirara, las bolsas con las compras del supermercado yacían dispersas en el suelo, en los muebles e incluso la cama. La ropa traída de la lavandería tendría semanas decorando los pasillos, aunque, si tenía algo que no perdonar, era el desastre pintado en la cocina: una estufa reluciente y un bote de basura asestado de recipientes provenientes de restaurantes. ¡Ni siquiera las colillas de cigarro se hallaban dispersas en el azulejo, al contrario, todas formaban parte de la decoración de un florero!

No tenía sentido esforzarse, lo mejor sería retirarse y retornar cuando el individuo se encontrase dormido, de esa forma podría limpiar a placer, sin interrupciones ni disgustos.

‒Mañana me desharé de su preciado líquido. Arderá en furia y saboreará un poco de mi desdicha.


El tocadiscos taladraba las paredes, las manos amasaban con suave furia cada página y con detenimiento, abstracto, yaciendo su pensamiento en algún otro lado observaba el calendario. La primera marca señalaba un lunes de marzo y la última resaltaba un jueves de noviembre.

Mediodía, medianoche, dos de la mañana o seis de la tarde… tiempo… tiempo sin bendición ni maldición. Se sentía atascado, atrapado en la trampa que circulaba por los medios. Las burlas de huecos cerebros apagaban su orgullo, llenando de pesar su pecho. A palpitaciones y agitaciones despertaba cuando recién acompañaba a Morfeo.

Puros, cigarros, whisky, vino y el mínimo de agua, exigía para centrarse en la iracunda investigación. Su cuerpo comenzaba a mostrar signos de desgano e irritación, le era posible escuchar a su yo interno exigirle merecido descanso, algo que no aceptaría hasta conseguir el nombre.

El carácter enfadoso le valió ganarse reputación en los parques. Era igual de terco que un infante. Disfrutaba discutir en las plazas y alardear a las aves. La paciencia no era merecedora de un sitio a su lado: le había despedido de la peor forma y, ahora que deseaba abrazarle, solamente recibía bofetadas por parte de ella.


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Su sentido no era el más humano, especialmente, cuando era cómplice de la alegría que irradiaban las personas, sentía le sumergían en la miseria ¿No podía ser igual de ignorante que las masas?

¡Oh, triste piedra, tuvo que ser víctima de la ira! Detestaba las festividades, le irritaban los villancicos y no perdía oportunidad de mostrarse disgustado ante las filas en los puestos de regalo. Ver a los niños divertirse en el parque no le emocionaba, las sonrisas le recordaban al causante de sus males.

Las miradas curiosas de madres presentes alertaron a la policía quienes se acercaron a paso dudoso al hombre en escena, uno que comía dulces con furia. Cualquier hombre bien vestido y los zapatos al revés era sospechoso de algún delito.

‒El niño quiere un aperitivo‒la mucama sostenía entre brazos a un infante‒ le he dicho que no podrá comerlo hasta que se bañe.

‒Papá, prometo dormir temprano ‒la vocecita le infundió temor.

Al verle acompañado, la policía y las mujeres apartaron la mirada del sospechoso, haciéndole sentir menor pesadez.

* * *

            El agua de la fuente helaba, su alrededor lucía lúgubre. El frío que despedía alejaba a los transeúntes, quienes preferían refugiarse junto a los faroles. Murmuraban y criticaban al hombre que yacía inerte, hundido entre las gotas que caían y salpicaban. Podía escuchar voces, recrear escenas en el sutil reflejo y sentir tan reales las sensaciones que había vivido en aquel horrendo recuerdo.

‒ ¿Qué es tan divertido? ‒una dama, esposa de algún noble, sumergía los dedos en el agua ‒es curioso… mis dedos deberían helar, deberían quebrarse como cristal.

‒Usted es privilegiada, honorable dama. Sentir frío y calor son muestra de lo mortal y desgraciados que somos los humanos, usted ha trascendido. El frío de la nieve y el calor del fuego no son obsequios. Su camino ha concluido satisfactoriamente, ¿no le agrada ver su blanca piel permanecer inerte?

‒Caballero, ¿intenta usted invocar una burla?

‒Envidia, así lo llamaría. Daría mil obsequios por descansar en alguna tumba.

            Las aves comenzaron a cantar, una nube alarida cubrió la ciudad mientras el sonido del galope se intensificaba tras cada segundo que marcaba el reloj, justo para detenerse detrás de él.

‒ ¡Señor, estimado señor Ovalle! ‒el rechinido de botas nuevas espantó a los niños‒, ¿por qué se le ve tan solo? Creía que usted solía ser acompañado de tiernas carnes ‒el hombre forzó una sonrisa al saludar.

‒No soy de insanos deseos, prefiero dejarme guiar por el alma.

De mala gana, el anciano dio media vuelta, le incomodaba acercarse al hombre. Le consideraba un bufón, una distracción en la corte sencillamente porque acaparaba la atención de cualquier dama.

‒ ¿Hay alguna novedad en el caso? ‒el Sir preguntó nervioso.

‒Las pinturas han contemplado mejores escenarios ‒contestó sin dejar de observar el chorro de agua. Antes de poder hundirse en el tema, el niño se acercó corriendo, jalando el abrigo y exigiendo regresar a casa, situación que aprovechó para emprender escape. En definitiva, se encontraba en deuda con la mucama.


La hora de la merienda se disfrutaba en una de las terrazas con vistas al zócalo, la simpleza del café y el ameno sonar de la orquesta deleitaban a los jóvenes, quienes se preparaban para acabar el día después de asistir a alguna función de teatro.


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Mentiría si aceptaba extrañar su adolescencia, nunca tuvo la oportunidad de asistir a bares o cortejar a mujeres. Es cierto que había probado las mieles de viajar por el mundo y ser parte de numerosos hechos históricos, sin embargo, donde quiera que pisase, la muerte se acercaba y eso era lo que llevaba a aislarse.

‒Eres un inútil ‒ella arrojó un tenedor. Esa voz irritante solamente podía pertenecer a una persona‒. Leo tus expresiones, ¡no me ignores!

‒Te atreves a causarme dolores de cabeza. Regresa a tu sitio‒. El café había perdido su sabor.

‒No lo haré, no quiero ‒la damisela frunció la boca y cruzó los brazos‒. No pediste postres. Me conoces.

‒Ayudarías más si regresaras a tu sitio ‒él comenzaba a elevar el tono de voz.

‒Ayudarías más si interrogaras testigos, en lugar de pasearte con un hijo falso y una mucama desaliñada. Es de mal gusto verte lucir fresco ‒la servilleta voló por el balcón.

‒Es de mal gusto interrumpir pensamientos‒ el latido se aceleró.

‒¡Es de mal gusto permanecer sereno! ‒él sorbió de la taza, causándole molestia a la chica, quien no dudó en azotar el florero.

‒¿No te cansas de importunar? ‒golpeaba repetidamente el suelo.

‒¿No te fastidia escapar, cobarde?

‒¡Silencio! ‒la taza de café se quebró, la orquesta desafinó y los presentes le dirigieron miradas de desaprobación.

De pie y tras observar aquel asiento vacío, el hombre arrojó el dinero a la mesa y salió del edificio. El estrés lo consumía y la ansiedad no podía calmarla con nada. Cada día que terminaba se sumaba a su derrota, ante lo cual el reloj no le parecía amable, llevando a dudar acerca de las aportaciones que hacían los empresarios para mantener abierta  la investigación del caso.

Vagaba por el limbo. Había recabado testigos, pruebas en la escena y conseguido la clásica lista de sospechosos sin conseguir un final claro ni concreto. Era necesario interrogar a la víctima en cuestión, era la única persona capaz de ayudarle a recuperar las horas de sueño.

Siempre supo la necesidad de escuchar el nombre del culpable provenir de los labios de ella. Eso le llevó a visitarle en la habitación del hospital, sin embargo, desistió tras recibir múltiples amenazas atentando con la vegetal vida, las cuales aumentaron después del detestable suicidio de su mentora.

Así, cada aniversario llegó a consumir su vida, cada letra en el periódico le corroía y por cada comentario que escuchaba temía ser acreedor a una bala.

El cansancio tras no encontrar respuestas era perceptible, desafortunadamente, la desgarradora imagen de la joven envuelta en sábanas escarlata martillaba cada ápice de culpa y empujaba la idea de entregar su vida si no resolvía el caso tras cumplirse el plazo, para lo cual hacía falta muy poco.


Los anuncios de búsqueda y recompensa abarrotaban las paredes del centro de la ciudad. Los canes eran famosos por los recorridos semanales en los sitios más aglomerados en cada edificio. No faltaba algún emisario de un generoso benefactor exigiendo ayuda para localizar al sujeto.

Era el aniversario del último avistamiento en una fuente del parque en un día frío, donde la mucama solía llorar los domingos por la noche y un niño escribir cartas a su falso padre. Se trataba de un lucrativo espectáculo donde las frágiles almas compartían lágrimas y las carteras pesadas se desahogaban mientras una joven perdía tiempo observando el paisaje del bosque, tan aburrida, tan cansada de la rutina.

‒Deberías dejar de engañarte. Aprecio tu sacrificio al entregarte a esta monótona vida, pero no será suficiente. Jamás compensará el tiempo desperdiciado.

‒Saber que tu pésimo carácter existe y se mantiene intacto es suficiente para ser exonerado ‒la cerámica resonó en la habitación.

‒No existe culpa alguna si yo no comparto aquel recuerdo tan ácido ‒dio una mordida a la rebanada de pastel.

‒Nunca encontraré las palabras apropiadas para solicitar una disculpa… ‒él sirvió té.

‒Es por eso, has aceptado una vida sin acecho y sin reclamos ‒acarició al cachorro que descansaba en su regazo ‒admito que me endulzó someter tu destino, pero esto se ha vuelto aburrido. ¿Qué pensarías si denuncio al agresor?

‒Entonces, no tendría más opción que ser embestido por un tren.

‒Y yo de recordar en cada viaje tu sonrisa y aquellas sábanas donde me abandonaste creyendo yo estaría muerta.

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