Tierra fértil

Un hombre campirano cegado por el deseo y lujuria tiene un encuentro con una hermosa mujer sin saber que puede ser una situación peligrosa.

Por: Carolina Villegas // @carovildi | Ilustración // Jokzan Ruiz // @jokczan

| Lunes 21 de octubre, 2022, Ciudad de México.

| Tiempo de lectura: 3 min.

Ilustración // Jokzan Ruiz // @jokczan

Estaba oscuro, húmedo y frío, no me mal interprete y créame. Déjame platicar entonces cómo fue. Yo siendo un campesino mal pagado y sin buena cosecha, anduve días triste vagando al alba en un monte cercano a mi casa, me gustaba ir al cerro porque me calmaba la mente; es que huele bien rico a yerba mojadita, oía pájaros, pelaba tunas y me abrigaba el silencio que en casa no tenía con mis cinco hijas. Nunca creí la fortuna que allá me aguardaba. 

El último recuerdo que tengo de mi mujer, y de la última mañana que estuve en mi rancho es el de ella alegándome que no me fuera a dilatar, que era un huevón y que sabrá Dios con quién me vería; si las únicas que me pudiera topar en el cerro eran brujas, me dió risa escucharla enojada, vieja jija y celosa. Me tomé un atole, eché una tortilla con sal, agarré mi gabán y mundo ahí te quedas, al fin y al cabo no tenía nada que hacer.

Ese día había neblina; de esa pesada y helada que, junto con mis lagañas me estorbó pa seguir el camino de diario, por aquello tan simple sentí coraje y empecé a echar madres ¡Nomás falta que me pierda en mi cerro, nomás falta que me tuersa una pata o que me salga una méndiga bruja! Pues para suerte de perro que me cargo; me torcí la pata ¡Eso me pasa por jodido y por pendejo! Aparte de pobre ahora chueco, por ciego y menso. No me quedó más que reírme de mí y de la racha que me cargaba.

Sobándome el pie adolorido voy sintiendo de repente un vaho caliente por detrás de mi pescuezo, volteé rápido y veo frente a mí, a la mujer más sensual que jamás mis ojos habían visto, un cabello larguísimo, negro como sus ojos; una piel que sólo tiene quien nunca ha trabajado y unas tetas que no cuento por hombre, de qué rodada eran.

Debo aceptar que me asusté, pensé en las brujas con las que me asustaba tanto mi vieja pero yo tan solito en el sendero y aquella señora tan linda daban mucho gusto, no susto. Diole yo los «buenos días le dé Dios» y prontito remilgó agachando la cabeza, allí supe que no era cristiana, me callé y dejé que hablara primero pero pa mi sorpresa, de su boca no salió palabra más bien acercándose peligrosamente me plantó un besote de aquellos, ¡Virgen santísima! pensé, pero a nadie la dan pan que lloré y hasta el dolor de mi pata se fue. 

Con señas me pidió que la siguiera y yo, torombolo por calentura, pos la seguí no imaginando que después de muchos besos y hacernos nuestros, empezaría mi fin. Todavía no aterrizaba de tan repentino encuentro cuando ella sacó de su falda una hoz y arañándome con ella la garganta, terminó por degollarme, conté después de muerto con unos minutos de conciencia y pude ver cómo esa dama llenó una tina con mi sangre, bajó del cerro, llegó a mi casa y con ella regó mi tierra, con mis tripas abonó la milpa y ahora desde el infierno puedo ver a mis hijas y a mi vieja disfrutando de tierra fértil, de buena cosecha y me alegro entonces de mi suerte de perro y de la encantada más épica que pude tener en mi vida campirana. 

Brujas bellas en los Montes, que secuestran hombres y ayudan a mujeres como la mía, desesperadas por una buena cosecha. Cuidado tengan entonces de vagar en el monte, lleno de niebla pues entre su espesura hay olor a  sangre, que buscan las hembras malignas pa abonar el campo.

Sobre el autor

Carolina Villegas nació en Zacatecas, a sus 30 años ha colaborado en las revistas Penumbra y Lasilaba.

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