Gran Circo Orión

Entre el barro y la lluvia de esa tarde londinense de domingo, la gente paga y entra, casi en procesión, para ver a la temida criatura. ¿Qué se esconde tras los barrotes?

Por: Leopoldo Tillería / @leopoldo.tilleria | Ilustración: Julieta Tellez // @petra.jtl

| Domingo 30 de octubre, 2022, Ciudad de México.

| Tiempo de lectura: 4 min.

Ilustración: Julieta Tellez // @petra.jtl

La sonrisa de John Piccoll no sólo es de satisfacción. También alimenta esa profunda avaricia que un comerciante inglés venido a menos como él, pocas veces puede ver convertida en chelines y peniques.

Entre el barro y la lluvia de esa tarde londinense de domingo, la gente paga y entra, casi en procesión, para ver a la criatura. El largo trecho que deben recorrer dentro de la mal tendida carpa, bien vale la pena para vivir la experiencia de tener aquello ante los ojos.

A unos tres metros de los boquiabiertos espectadores, en una jaula de fierro oxidado anclada al piso, amarrada de pies y manos con cadenas que han dado infinitas vueltas sobre sus ejes, la aberración brama y sacude los barrotes en medio de una hediondez que a más de algún curioso ha hecho vomitar sobre el mismo aserrín.  

No hay ninguna duda de que es humana, posiblemente una pobre víctima de acromegalia. Sin embargo, no es su porte o el largo de sus extremidades lo que provoca la insana curiosidad de los espectadores. La ausencia completa de rostro convierta a la gigante en una monstruosidad única en el mundo victoriano. Ni ojos, ni nariz ni boca; menos aún orejas o algo que se le parezca. Apenas unos deformes orificios por donde seguramente entra el poco aire que va a dar a sus pulmones, y por donde salen los sonidos guturales convertidos en su única expresión semi humana. Probablemente, por esos mismos orificios se meterá algunos bichos o animalejos como únicas formas de comida. 

Motas de un asqueroso vello esparcidas aleatoriamente sobre su desproporcionado cráneo, completan la postal del adefesio que el «Gran Circo Orión» promociona como su máxima atracción. 


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Desde luego, nadie cree la versión de que el monstruo es un error de la naturaleza. No se necesita ser científico para darse cuenta de que el ser ha sido mutilado sin misericordia en varios puntos de su deforme cuerpo. La criatura está desnuda, en una muestra más de la macabra fórmula con que su dueño administra su exótico negocio. Cada movimiento que ejecuta, siguiendo una especie de zigzag imaginario, deja ver unos genitales externos inmisericordemente atacados por los hongos y vaya a saber Dios qué otro tipo de infección. Sus pechos —completamente secos y agrietados— casi chocan con sus enormes pies, como verdaderos colgajos de color palisandro. 

En medio de los asistentes, varios niños preguntan sin parar qué cosa es eso que se mueve como un Frankenstein incompleto. Otros tantos, asustados, simplemente se esconden entre los vestidos de sus madres o tras las piernas de sus padres. Todos, no obstante, grandes y chicos, no dejan de mirar llenos de morbo el espectáculo de ese fenómeno viviente.

Pero uno de ellos, de unos tres años —Larry, a juzgar por los gritos horrorizados de su madre—, rompe el cerco de piernas protectoras y, en un descuido, corre hacia el engendro como si viera en él a un Grinch castigado que debiera ser sacado de ese tormento y llevado de nuevo a hacer travesuras en Navidad. Ninguno de los allí presentes, aunque hubiera actuado a velocidad supersónica, podría haber detenido la tragedia: en un santiamén, una de las garras de la gigante se apodera por entre los costrosos barrotes del cuerpecito del desafortunado niño y, a punta de una presión infame sobre sus frágiles huesos, logra meterlo en esa maraña de cadenas, heces y restos de comida putrefacta en la que día y noche se revuelca. 

Horas después de lo ocurrido, en plena noche londinense, cada familia que estuvo esa tarde en el «Gran Circo Orión» reza en un silencio sepulcral, rogando a Dios que el crío hubiera entrado ya muerto antes de la repugnante escena que les tocó ver y que difícilmente podrán sacar de sus mentes.

Sobre el autor

Leopoldo Tillería Aqueveque, es un periodista y posgraduado en Filosofía por la Universidad de Chile. Actualmente trabaja como investigador dentro de su profesión y se considera escritor por vocación. En 2021, Leopoldo obtuvo el primer lugar en el certamen del Ministerio de Educación contra la violencia de género con su relato “Pabellón”, y en 2022 publicó sus relatos: “Café de Providencia” en la revista El Bigote de Nietzsche, y “Brontë”, en la revista El Creacionista.

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