Monstre

Con los ojos en llamas se recostó observando la humedad luminosa que sobresalía de la pared y una araña de pata largas y finitas que reposaba tranquila y sin miedo.

Por: Alejo Tomas Ambrini // @alejoambrini

| Martes 25 de octubre, 2022, Buenos Aires, Argentina.

| Tiempo de lectura: 10 minutos.

Lo escuchó claro y preciso como si estuvieran al lado de ella. Sintió un olor indefinido, aterrador, peculiar. Un dulce escalofrío. La diferencia es que Paz se encontraba en el baño de su casa, su nueva casa, la que nunca había habitado y ellos, afuera, en la calle. Alegres, sonrientes, ruidosos y sin ningún problema ni inconveniente. Paz también se encontraba así antes de escucharlos, antes de que el miedo y los medios le impongan una alerta sobre su propio cuerpo. Los nervios surgen en sus manos como si una clase de artritis poderosa las atacara y cada ladrido de perro se transforme en un espasmo. Poco a poco, en cuestión de días, se quedo sin uñas, ni las uñas esculpidas, ni las propias. Esa misma noche llamó a su hermana. Rezaron juntas como lo hacían unos quince años atrás en la Capilla Stella Maris de San Isidro. Colocó una estampita del ángel de la guarda sobre una mesa de luz junto una media vela de color rojo que encontró en un cajón de la cocina. Seguía con miedo. La noche era de cristal.

Había regresado después de muchos años a la casa quinta que habían comprado con Gustavo en las afueras de Buenos Aires. En verdad no conocía la casa. El despilfarro de dinero durante su matrimonio fue tan grande que ni ella sabía dónde estaba ubicada. Ni en su temor más grande imaginó terminar así y encontrarse de la forma en la que se encontraba.

De todas las casas que tenían fue la única que no lograron vender. No había muchas opciones: Era ir vivir a esa casa o quedar en la calle. Su economía había caído en picada luego de las reiteradas estafas de Gustavo. Su ex esposo se había fugado del país y su paradero era una incógnita. Y antes de pedir ayuda a María Clara, Delfina o Evangelina prefirió, sin pensarlo, optar por lo que menos vergüenza le daba. Era pobre y miedosa pero no tonta. Se había quedado sola, sin nada, con la excepción de sus dos pequeñas hijas.

La propiedad era amplia y fresca. Silenciosa. La construcción era antigua, es la única que se destacaba en toda la cuadra y en toda la zona. Sin rejas al frente y con unos árboles deparaíso a los costados que esperaban con ansias los meses de calor. La casa estaba distribuída en dos plantas, cocina comedor, living, toilette, un pequeño estudio que daba a la calle y dos habitaciones matrimoniales más un baño amplio en el primer piso. Una puerta cancel separaba el jardín, que tenía una arboleda de sauces llorones. Los ventanales protegidos con celosías de chapa oxidada daban directo a las calles de tierra. 

La primera noche no pudo conciliar el sueño. Se sentía incómoda, asustada, indefensa. Se imaginaba que alguien se colaba por la ventana de su habitación para robarle. De pleno barrio de Colegiales sin escalas al medio del conurbano. Bufaba mil infiernos.

Sintonizó alguna emisora en la radio y se recostó en la cama, el colchón olía a humedad. Con los ojos abiertos mirando al techo y una frazada áspera y vieja, de color blanco no llegaba a cubrirle los pies.

Al escuchar la radio más miedo sentía, pero al mismo tiempo, disfrutaba hacerlo. Quizás así no sé sentía tan sola. Las noticias que escuchaba la estremecían: Era una sensación ambigua porque con las voces de los locutores que llenaban el aire frío no se sentía tan sola, los datos sobre inseguridad, de la lluvia que anunciaban que nunca llegaba. Afuera, los ruidos de las motos eran cada vez más fuertes y contundentes como sus miedos que persistían, qué iban y venían, como una gota de sudor que fluía por su cuello hasta alcanzar la espalda blanca arrugada con diminutos lunares marrones.

Helena y Camila dormían. Sus respiraciones infantiles y una luz tenue brillaban en la soledad de su dormitorio. Vestían camisones blancos y unas medias de color verde. Cada media hora, Paz merodeaba sus dormitorios por el pasillo y se asomaba a mirarlas descansar. En la penumbra veía sus pequeños cuerpos ovillados.


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El olor a vela quemada no había desaparecido aún. La luz era mezquina y no entraba a su cuarto. Paz seguía acostada sobre el colchón y la radio de bolsillo, compañera, encendida en el piso de madera agrietado. Tenía puesto un pijama gastado gris con la imagen de Minnie Mouse en el frente. Pasaban las horas, pero ella seguía igual. Sus nervios y la ansiedad se habían apoderado de sus ganas de descansar. En su cabeza cruda y amarga insultaba a Gustavo. Sus ojos húmedos y su aire nocivo.

Hizo fuerza con sus brazos débiles y agarró el celular que estaba cargando al costado de la vela derretida arriba de la mesa de luz y de la estampita del ángel de la guardia seguía impasible. Se dio cuenta de que sus dedos seguían temblorosos. Abrió la cámara frontal y se sacó una foto con flash; en ese momento notó el fastidio en su cara cansada. Ya no usaba tanto el teléfono. No tenía mucho crédito, en la casa no había WIFI y tampoco tenía mucho ánimo de que todos supieran de su nueva glamorosa vida fuera de Colegiales.

Sentada al borde la cama con sus piernas cruzadas escuchó un ruido metálico que provenía de afuera. El ruido era molesto, crujiente e incesante.

Paz hizo el esfuerzo de restarle importancia. Se sumergió en el pequeño mundo que le quedaba, el mundo inventado, el mundo al cual creía que era parte de él, su mundo que hoy le daba la espalda. A sus treinta y seis años se crispó de nervios. Pensó en Helena y Camila, lo único que le quedaba, su único consuelo en el mundo.

Se acostumbró a comer fideos, atún y unas verduras machacadas que quedaban dentro de un cajón en la parte de la cocina. No era mucho pero tampoco era nada.

Los primeros días se familiarizó a los ruidos callados. Encendía su radio de compañía y escuchaba preocupaciones, pero no opiniones.

Se entristeció varias veces por ensuciar sus gentiles manos y arruinar el esmaltado de sus uñas. Buscó en vano hacer memoria de como limpiaba la señora de baja estatura y sacada de un cuadro de Botero que iba tres veces por semana al piso de Colegiales, la cual a Paz le generaba una tonta risa repentina cada vez que la observaba mientras hacía yoga a través de ZOOM. Esa misma risa se había transformado en un espejo cruel.

Se cansó de mover muebles antiguos, llenos de tierras, con mordeduras finitas de ratas a los costados. No entendía como usar el plumero, como agarrar el mango de una escoba, como escurrir un trapo mojado y porqué la tierra que deambulaba en el aire se empecinaba con ella. Le dolía la espalada, las plantas de los pies y tenía un dolor de cintura despiadado.

En el living angosto, a un costado del hogar insípido y apagado con palos cortos de quebrachos secos, se tiraba a gritar, desconsolada, hasta el punto de quedarse casi afónica. Se colocaba la capucha del buzo GAP marrón como una clase de chaleco de fuerza, apretaba las tiras del buzo, se guardaba el rostro y se abrazaba a ella misma. Las lágrimas caían en cataratas. Era un océano de bronca. Se mordía las huellas digitales de los dedos con tanto esmero y rabia que la sangre se mezclaba con la saliva de su boca que chupaba nerviosa y fuera de sí.

Helena y Camila acudían a esa postal surrealista de su madre abatida y desmoronada sobre el piso de madera agrietado. Su instinto era abrazarla. Cuando miraba a sus dos pequeñas hijas llorando, ella dejaba de hacerlo. Las abrazaba fuerte con miedo a que se le escapen, con miedo de perderlas.

Sus ojos parecían pozos, tenía su mirada desvaída y el pelo opaco.

Día a día, se manifestaba incansablemente amarga. Se bañaba solo dos veces por semana ya que no sabía como prender el calefón y el shampoo cada vez era más agua que shampoo.

El frío era desalmado por las mañanas e insufrible por las noches. Paz decidió cerrar los cuartos de la parte de arriba de la casa por miedo, pero también por el frío y el eco que daban sus gritos perturbadores en todos los ambientes. Primero fue al baño de arriba y cerro la pequeña ventana que miraba hacia afuera de la calle, asomo su cuello con temor dos veces, a la segunda vez escucho música, algunos silbidos y aplausos eufóricos. Cerró la falleba y se tranquilizó. Cruzó la puerta, llego hasta el pasillo y la cerro de un golpe. Giró a la derecha y entro al cuarto matrimonial donde guardaba sus pocas cosas. Sacó el colchón y lo dejo en el pasillo. En una caja rectangular guardó el pijama de Minnie, el cargador del celular y la frazada. Guardó la estampita del ángel de la guarda en el bolsillo de atrás del jogging de color plomizo. Entró al cuarto de Helena y Camila e hizo prácticamente lo mismo, pero con la diferencia de que solo sacó unos vestidos de tela blanca y unos cuentos infantiles, gruesos, de tapas amarillentas que estaban dentro del armario empotrado. Sintió olor a naftalina y le dio una arcada. Salió del cuarto presurosa y cerró el pestillo con agilidad. Se sintió perseguida, invadida y que alguien la vigilaba. Su cabeza era un mar de incongruencias. No se guiaba por su sombra, no se sentía reflejada. Bajó por las escaleras como si estuviera en una maratón.

Helena y Camila esperaban al final de las escaleras, agarradas de las manos, vestidas con un conjunto delicado de color turquesa. Sonreían. Paz sintió un gran alivio. Era temprano y afuera había sol, dentro de la casa era oscuridad.


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Esa noche tiro el colchón en el living al lado del hogar. Las nenas durmieron con ella. Se taparon con la frazada e improvisaron una carpa como si fuera un refugio. Encendió el hogar y cada media hora con el insomnio rondando por sus venas, fue arrojando, libro por libro, al hogar. El calor se apodero de ese rincón de la casa. En la parte de arriba se escuchaba el zumbido del viento que golpeaba contra las puertas y ventanas y un goteo molesto de una canilla del baño mal cerrada. En un instante de valor quiso ir a cerrar la canilla que la molestaba e incluso le infundía un miedo perplejo, pero se acordó que había tapado con un mueble vajillero las escaleras. Con los ojos en llamas se recostó observando la humedad luminosa que sobresalía de la pared y una araña de pata largas y finitas que reposaba tranquila y sin miedo.

Por la mañana y con sus ojos como dos huevos duros, Paz seguía recostada como un bicho bolita con mucho calor, con poca luz y mucho miedo. Helena y Camila roncaban débiles en pequeños tramos, tapadas con la frazada y sus cabellos largos de color oscuro, sucios, se impregnaban de la mugre de la frazada. La radio yacía al lado del hogar, se escuchaban varias personas hablando a la misma vez, enojados, molestos, serios, inconformes, hablando de inseguridad y había un solo denominador común: “el gobierno”. Los ojos de Paz se inflaban y ya no sentía el gusto a sangre que se mezclaba con la saliva de sus dientes nauseabundos ya sin cepillar de hace varios días.

Agarró el celular. Tenía varios WhatsApp de Delfina. En ningún mensaje le preguntó cómo estaba ni ella ni las nenas; eran todos videos de varios minutos cargados de bronca y notas periodísticas mal intencionadas, llenas de temor. Algunos memes sacados de Facebook y otras notas de portales inexistentes sin fundamentos, pero con zozobra.

Las nenas se despertaron y la abrazaron. Le contaron de lo que habían soñado y le preguntaron por su papá. Paz no respondió, trago saliva y respiro profundo. Aguanto la bronca. Se quedaron un rato más tiradas en el colchón y jugaron a imaginar dibujos hechos por la humedad de la pared. Rieron un rato. A penumbras, la ternura seguía intacta.

Se levantaron sin apuro las tres. Paz improviso un peine y las peinó. Sus manos parecían raíces. Las vistió de blanco a las dos y les hizo unas trenzas a cada una. Escondió sus manos lo que más pudo, la sangre brotaba de pequeños orificios y sus uñas no se notaban. El goteo del agua seguía siendo incesante.

Pusó la pava a calentar y bebieron té de un mismo saquito. Por un orificio de un ventanal que daba a la calle, un hilo de luz, se acercaba sin pedir permiso. Lo pensó por un rato y se decidió a usar el estudio para dejar entrar un poco de sol y se ventilen los ambientes. La idea le traía consigo una mezcla agridulce, pero tras pensarlo mucho lo hizo. Por un momento breve se olvidó del miedo. Escupió la falleba para poder abrirla. Ya no le quedaba saliva. Estiró lo que más pudo cada celosía de chapa. Le costó mucho. El sol entró fulminante, se alegró y las nenas aplaudieron. Apagó la radio y dejo el celular en la parte de la cocina. Se acomodó frente al sol con su espalda raquítica contra la pared y su cintura chocando contra los zócalos de madera. Resplandecía. Helena y Camila apoyaban sus cabezas en cada una de sus piernas. No les pudo acariciar sus pelos largos, sus dedos no le dejaron, pero mucho no le importo, se sentía calma, tranquila y contenta. Dejó de pensar.

Se durmió con las nenas a su lado. Ambas en cada pierna. Ella en el medio con el sol acariciando su mirada. No pudo soñar. Se despertó aturdida al grito de: “Doña, doña”. Una figura de aspecto mediano, el pelo como taza, las uñas negras de barro y con la piel morena se acercó a la ventana haciendo palmas. Golpeaba el ventanal con pequeños golpes con uno de sus largos dedos. Paz brinco del piso y cerró la ventana lo más rápido que pudo. Gritó pidiéndole a sus hijas que cierren los ojos, que se tapen la cara. Las nenas lloraban. Corrió hasta la cocina, lleno un balde con agua y apagó el hogar como pudo, alzo a sus hijas. Cerro de un gran portazo la parte del estudio.

Entraron a la cocina, sin pensarlo, se escondieron debajo de la mesa. Cerraron los ojos e hicieron silencio. Afuera, se escuchaba el andar de una bicicleta y unos pasos lentos de zapatillas gastadas. Se quedaron en silencio por un largo rato.

Se resguardaron. Las nenas temblaban. En un intento irracional, Paz, llorando, se puso a cantar:

La polilla come lana

De la noche a la mañana

Muerde y come, come y muerde

lana roja, lana verde.

Sentadita en el ropero

con su plato y su babero

come lana de color

con cuchillo y tenedor.

Sus hijitos comilones

Tienen cura de botones.

Su marido, don Polillo

balconea en su bolsillo.

Entre los llantos de Helena y Camila y el desborde de paciencia de Paz, la tarde noche fue interminable.

Los sacos de té fríos yacían sobre los bordes fríos de mármol de la cocina, el goteo de agua seguía molesto y las miradas de las tres vacías.

Sus manos, sus delicadas manos, estaban rojizas, moradas, sin poder separar cada uno de sus dedos, la sangre ya no era escurridiza, estaba coagulada, ya no chorreaba.

Paz estaba en un estado profundo de conmoción. Ocultó sus manos. Respiró varias veces tratando de calmarse y hablando sin que se le caiga una lágrima, les pidió a sus hijas que la ayuden a desbloquear el celular y que busquen el número de su tía.

Helena y Camila obedecieron. Llamaron. Sin que el tiempo se hiciera sentir, a la tercera vez de llamarla, por fin, atendio. Su hermana, del otro lado de la línea, respondió sobresaltada.

-Hola Paz, discúlpame que no pude atenderte estaba tejiendo-

-Hola, necesito ir a tu casa. Por favor-

-¿Pasa algo? ¿Las nenas?

– Estamos bien, pero por favor necesito ir a tu casa-

– Pero, ¿Paso algo?

– No. Solamente necesitamos salir de acá-

– No me asustes. ¿Querés que recemos juntas?

– Me quiero ir. ¿Nos puede venir a buscar Julio? Te paso la dirección-

– No está Julio. Salió hace un rato. Fue a comprar unos libros de literatura francesa que necesitaba. ¿Querés que te pida un remis?

– Sí, por favor. Es pasando la General Paz. Anota.

La voz de Paz sonó contundente y simple, sin quebraduras ni llantos. Resistió esas horas, de la mejor manera que pudo, sabiendo que la pesadilla estaba por llegar a su fin. De lejos, se oían ladridos de perros. Las nenas se tapaban las orejas con sus manitos y a la par decían:

Serrucho, serrucho

No te escucho.

Paz ni siquiera intentó mirarse las manos.Guardó sus manos dentro del bolsillo delantero del buzo GAP. Sintió impresión cuando quiso agarrárselas, sintió como si tuvieran vida propia.

Helena y Camila guardaron, en una bolsa de residuo, las pocas cosas que quedaban. También cerraron la puerta cancel que daba al jardín. Paz estaba rígida sentada en una esquina de la cocina. Su respiración estaba alterada.

Se escuchó una bocina que provenía de afuera. Al tercer bocinazo salieron. Era el remis. En el medio de la calle los esperaba un Renault «12» negro, con las ventanas a dos centímetros abiertas para que entre un poco de aire fresco y un destornillador que hacía la función de trabar la puerta. Había niebla.

Helena y Camila salieron primero. Los colores blancos de sus vestidos daban mayor brillo qué la única luz que iluminaba toda la calle.

Antes de subirse al auto, Paz salió de la casa sin mirar para los costados. Había podido cerrar la puerta de la casa sin colocar la llave. Ya no tenía miedo. Su martirio estaba llegando a su fin.

El ambiente dentro del vehículo y en la calle ya no era tenebroso No se escuchaba música, silbidos, risas, ruidos de motos ni ladridos de perros.

Dentro del auto solo se escuchaban los ruidos de la caja de cambio que se trababa. Helena dormía sobre su falda. Camila preguntó a donde iban y Paz respondió: a la casa de la tía Irene.

Al salir de las calles de tierra y un par de kilómetros más de buenas calles de asfalto, Paz sintió alivio. Un alivio inaudito. Se sentía contenta de haber podido salir de la casa. Cada vez faltaba menos para llegar a lo de su hermana. Observo a sus hijas durmiendo. Un chiflido de aire entraba por la ventana y levantaba los cabellos de las niñas. Paz, sin pensarlo, saco sus manos del bolsillo del buzo para acariciarlas. Sus manos se habían transformado en unas puntas filosas con mucho pelaje de un color morado. El olor era putrefacto. Desorientada miró el espejo retrovisor, sus iris tenían un verde esmeralda brilloso y sus pupilas dilatadas. Un aterrador alarido se escuchó en medio de la noche, ella se había transformado en eso.

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