Los matices del miedo: la evolución del terror en la literatura

El miedo siempre ha formado parte de la cultura, pero su forma de influir y manifestarse en la literatura ha sufrido severas transformaciones.

Por: Nayeli García. R.

| Miércoles 5 de octubre, 2022, Ciudad de México.

| Tiempo de lectura: 5 min.

La cocina aromática de la abuela Moorhead, obra de Leonora Carrington, escritora y pintora surrealista

A pesar de ser uno de los géneros más aclamados y que posee referentes indiscutibles, el género de terror en la literatura está cada vez más alejado de sus orígenes, con el paso del tiempo se ha vuelto una especie de antítesis de las historias religiosas y folclóricas que marcaron su nacimiento.

El origen de los relatos de terror se remonta al principio mismo de la humanidad. Al ser el miedo una emoción primitiva profundamente relacionada con el inconsciente humano, nos ha acompañado desde siempre, pero la manifestación de esta emoción ha sufrido bastantes cambios a lo largo de la historia.

En el caso particular de la literatura, las temáticas, escenarios, personajes y extensiones de las obras se han visto transformadas, tal vez, con demasiada contundencia. Mientras que los primeros relatos de terror utilizaban al miedo como recurso para educar, manipular y prohibir, ahora los personajes más icónicos de la literatura de terror son disfraces para Día de Muertos o Noche de Brujas. 

Historia

El terror emitido a través de historias y relatos tiene sus orígenes en las primeras civilizaciones, está presente en la magia ceremonial de la prehistoria y forma parte de las tradiciones de todas las culturas antiguas, desde la cultura prehispánica hasta los celtas.


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En estas primeras manifestaciones, el tema central era, casi siempre, la muerte; pero también estaban relacionadas con explicaciones a fenómenos naturales o de temática religiosa, donde lo demoníaco y lo impuro tenían lugar. Aquí también aparecen los esbozos de seres como brujas, vampiros, aluxes, fantasmas, nahuales y hombres lobo.

Ante la llegada de la novela gótica inglesa con Horace Walpole, se introducen también elementos característicos del género, como los escenarios lúgubres, los castillos, cementerios y el recurso de seres extraños.

«Kron Flower» (1987) de Leonora Carrington

Aun así, la verdadera consolidación del género comienza en el siglo XIX, durante el Romanticismo, con la literatura fantástica que ayudó a rescatar las historias de terror y las leyendas para transformarlas en grandes referentes, como Frankenstein o el Moderno Prometeo de Mary Shelley y Drácula de Bram Stroker. Poco a poco, la novela gótica evolucionó y los relatos que comenzaron como una insurrección a las ideas de la Edad de la Razón, son absorbidos por la incorporación del razonamiento y la mente humana como detonantes del terror.

Las historias de fantasmas abundan durante la época victoriana, son breves y más realistas y en éstas encuentran una suavidad mezclada con el humor, de modo que los lectores de la época fueron aceptaron los elementos sobrenaturales. Posteriormente, con Edgar Allan Poe como el representante indiscutible, surgen las manifestaciones más evidentes y aclamadas de lo que hoy conocemos como terror psicológico.

En este punto, el terror literario ya no sólo involucra seres sobrenaturales y sucesos fantásticos, sino que está fuertemente relacionado con el mundo interior, con la mente humana; el terror nace de las obsesiones, culpas, paranoias y los sueños.

Aquí podríamos marcar el primer parte aguas, pues al apelar al inconsciente y al mismo ser humano para despertar miedo y ansiedad, los fantasmas y las brujas pierden cierta facultad para generar terror.

Con este precedente, no es ninguna sorpresa que a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, el cambio en las temáticas del género sea radical. La muerte ya no generaba tanto desconcierto y las atrocidades cometidas por los propios humanos habían alterado la concepción de los fantasmas y los hombres lobo.

Obra de Zdzisław Beksiński, artista polaco del género gótico que es considerado un «pintor lovecraftiano»

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En cambio, surge el relato materialista de terror, en donde la naturaleza y las divinidades convergen con la introspección, tres factores que, juntos, atormentan a los seres humanos. El mayor exponente de esta etapa es H. P. Lovecraft. Con el paso del tiempo, este miedo a lo superior y a lo mitológico-natural fue caducando y cumplió su ciclo, igual que casi todos los miedos.

Al expandirse la Ciencia Ficción y con el desarrollo de las guerras, la literatura se alimentó de la ansiedad social que generaban las invasiones extraterrestres, el acelerado crecimiento tecnológico y las bombas nucleares. Poco después y más cercano a la actualidad, los zombies y virus o las armas químicas eran recursos capaces de atemorizar al público. Sin embargo, igual que con los antecesores, hoy pocos relatos con esta temática son capaces de generar autentico terror.

La sociedad decae, los miedos cambian

Tras este breve recorrido en la historia del género, es fácil entender que los relatos de terror eran espejos de las pesadillas de las sociedades en las que se desarrollaban. La literatura de terror representaba las creencias inherentes a la cultura, la sociedad y la mente humana, pero al igual que las sociedades, los temores se transforman y sus manifestaciones también deberían hacerlo.

Bajo esa premisa, surge la pregunta ¿la literatura de terror actual es incapaz de asustarnos porque ya no tenemos miedo? la respuesta, es no. La sociedad actual está empapada de miedo, incluso puede que más que antes, pero la literatura ha dejado de usarlo como herramienta de creación.

Quizá la razón más evidente de esta decadencia literaria, es que, al constituirse un género como tal, con características y temáticas determinadas, se busca encantar a un público y entonces el miedo se ve afectado por una industria que suaviza las manifestaciones. El miedo genuino no sirve como producto, la verdadera ansiedad moral no genera ganancias; por eso la literatura actual no aterroriza, sólo entretiene.

Aun así, existen obras literarias que son capaces de despertar la ansiedad y el terror del público, pero no son catalogadas como parte del género. Un ejemplo de esto son los denominados thrillers, pues a pesar de que en su mayoría usan herramientas del terror psicológico para sustentar su trama, están más cerca de las novelas policiacas que del terror.


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Vale la pena reflexionar por qué, si los miedos cambian según el contexto humano, la literatura actual -con contadas excepciones- busca generar miedo en el lector con factores que dejaron de ser atemorizantes hace siglos. 

«El triunfo de la muerte», obra de Pieter Brueghel el Viejo

Una sociedad que ha experimentado guerras, hambruna, pandemias, genocidios y vive bajo un ambiente de constante inseguridad, probablemente no siente terror al imaginar zombies, hombres lobo, vampiros y fantasmas; es por eso que actualmente, estas figuras resultan más un escape de la realidad que un estímulo para el miedo humano.

Figuras icónicas del folclore han sufrido cambios drásticos en su identidad, que los convierten en seres que ya no despiertan ni miedo ni ansiedad. El ejemplo más claro es el de los vampiros, quienes pasaron de representar los más crueles instintos de los humanos a ser intereses románticos en novelas juveniles.  

Esas transformaciones no son incorrectas, y probablemente tampoco serían tan criticadas si el mercado actual de la literatura de terror no fuera tan decepcionante, es decir, si se entendiera que los elementos en las narrativas de miedo tienen que cambiar y adecuarse a los temores actuales; que, para generar terror, se tiene que jugar con el presente y lo paranormal como lo hace Mariana Enríquez y en su momento lo hicieron Edgar Allan Poe, Leonora Carrington, Horacio Quiroga o Mary Shelley. Porque los miedos pueden cambiar, pero la capacidad humana de crear a partir de él persiste.

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