La violencia como una constante en la sociedad

El carácter permisivo de la violencia se ha convertido en una constante de la sociedad. Tolerada desde la infancia, arraigada en patrones familiares e introducida por medios masivos de información. La violencia repercute con mayor facilidad en las mujeres.

Por: Miguel Mariscal. | Fotografía principal: Carmela Hegú @greenhow_

| Martes 12 de julio, 2022, Guadalajara, Jalisco.

| Tiempo de lectura: 5 min.

Photo by Kat Smith on Pexels.com

Existen muchos factores que determinan el uso de la violencia. Lamentablemente en todas las sociedades, culturas y razas se dan los hechos violentos. Una sociedad como la nuestra donde prevalecen actitudes y patrones de conducta machista, no es la excepción. La pregunta es ¿Qué factores determinan a la violencia como patrón de conducta? Por supuesto son muchos: factores culturales, educativos, económicos y sobre todo sociales; todos estos elementos en conjunto ponen de su parte para que la violencia sea un problema que crece desmesuradamente.

De entre todas las premisas me asomo a ver con mirilla el aspecto social. Es decir, aquel aspecto que la sociedad ve como algo en apariencia inofensivo, pero que detrás de ello hay un asomo de violencia. Y esta es de cualquier tipo donde se acepta como una costumbre o cotidianidad. El ejemplo claro lo tenemos en chistes de género, que no son otra cosa que violencia disfrazada, el bullying o ‘carrilla’ como forma de sobrellevar el rato; en la pareja en tenemos el ejemplo del que revisa o fisgonea en sus redes sociales o interfiere en la ropa que usa, por una supuesta preocupación, etcétera. Todo en apariencia inofensivo, pero que denota violencia.


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El carácter permisivo de la violencia se ha convertido en una constante de la sociedad. Tolerada desde la infancia, arraigada en patrones familiares e introducida por medios masivos de información, esta repercute con mayor facilidad en las mujeres. En este caso específico de la mujer estamos experimentando un incremento de abuso y violencia de género. Según el Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), en México dicho incremento es alarmante. Si consideramos que en el 2015 las victimas de feminicidio fueron 670; en 2016, 835; en 2017, 967; para 2018, 1,159, en el 2019 fueron 1224 y finalmente para 2020 de 1301. Vemos pues cifras que delatan un panorama desolador para las mujeres de nuestro país.

Los medios de comunicación y la propaganda comercial han sido también los facilitadores para que ciertos patrones conductuales, como agresividad, hostilidad, inseguridad o dependencia, se infiltren en nuestra sociedad, esto a través de noticias, programas, concursos y supuestos entretenimientos, donde se muestra una violencia disfrazada –aunque en otros casos de manera directa- y que poco a poco va permeando en el imaginario colectivo como un aspecto ‘normal’ de conducta agresiva. Vemos programas de televisión como son los de la ‘farándula’ y todo son agresiones tanto físicas, verbales o psicológicas: Paty Chapoy, Hola, etc,. Las series de la plataforma de Netflix en su mayoría con un alto contenido de violencia, en la música tenemos los llamados narcocorridos, por citar algunos.

Es un hecho innegable que una forma de atraer clientela por los medios de información y entretenimiento es a través de la sexualización de la mujer. Caso concreto de noticieros donde las chicas presentan el estado del tiempo, o las que sirven de edecanes en programas de entretenimiento, como la Mañanera de Brozo o en la propaganda comercial de aceites de carros: un póster en cada taller mecánico, o papas fritas entre los pechos de la chica y demás. Independientemente de la oferta y la demanda o de quien se presta para ello o no; lo que se destaca no es cuestión de moral, sino de qué información se está dando de forma masiva a la sociedad. Qué se está proponiendo y a la vez aceptando en la trasmisión de mensajes para crear hábitos y costumbres. El mensaje es claro, es un medio de uso y se puede pagar, y si se paga es de mi propiedad.

La violencia, principalmente  contra la mujer está condicionada por las normas sociales que prescriben los roles de hombres y mujeres en la sociedad, por ejemplo, en una relación de pareja aceptar situaciones de ventaja, de dominio, chantaje, control o persuasión, ya desde ahí se está gestando una situación de desventaja, y también de poder. Este efecto por lo general tiene su base en un consentimiento anterior de aceptación y de dominio, marcada por parámetros sociales o familiares ya de antaño.


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A su vez esta violencia se genera de acuerdo a una legitimación en una estructura patriarcal mal estructurada. Por un lado la estructura emocional del hombre de posesión y por otro lado la aceptada sujeción al hombre, hacen la perfecta combinación de abuso. De esta manera, el varón está “obligado” a defender dicha autoridad cuando siente el peligro de perderla, aunque para ello tenga que recurrir a la violencia.

El acto mismo de desigualdad de la mujer ante el hombre implica ya un contexto propicio para la dominación y violencia. Por supuesto el mayor daño como consecuencia de la violencia hacia las mujeres, es el asesinato, que por lo regular éste previamente se va gestando a través de una amplia gama de actos que van desde el acoso verbal, el abuso emocional y físico y la agresión sexual.

Foto: Noemí López / @sensemaya

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Por otro lado la sociedad patriarcal tiene sus paradojas. Por un lado justifica la violencia, pero por otro lado la condena. El sistema defiende su postura pública en cuanto a la integridad de la mujer, “a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa”, pero por otro lado, dentro de los muros de la casa, no tolera la insurrección del mando, nada que se salga de control, si es de crecimiento laboral o intelectual, siempre hay un desequilibrio por parte del controlador por llevar las riendas. En el aspecto sexual, es donde especialmente se encuentra que los hombres se sienten autorizados a ejercer autoridad cuando no cumplen las expectativas sexuales inicialmente depositadas en ellas. Es el control total no sólo del cuerpo de la mujer sino de su propia voluntad; desequilibrar estas reglas implica una condicionante de alto riesgo.

Por supuesto, la familia como un ente social preponderante es donde se van gestando las estructuras de comportamiento, incluyendo los aspectos importantes de género, y mientras siga el modelo tradicional y jerárquico colocamos a la mujer en estado de vulnerabilidad. Y en lo que atañe a la sociedad, ésta tolera –de manera inconsciente tal vez- el uso constante de la violencia, en un sistema ya de por sí dominado por patrones de conducta muy arraigados.

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