Andrea o la teoría aditiva del color | Cuento

Desde el fondo de su recámara, él recuerda aquellos momentos con Andrea, aunque no son sólo los buenos; también los hay tristes y nostálgicos. Después de todo, ella pintaba su vida de color. Bueno, de colores.

Por: Francisco Carrillo Alfaro.

| Martes 3 de mayo, 2022,Ciudad de México.

| Tiempo de lectura: 5 min.

«Muy bien jóvenes, abran su libro en la página 12. El día de hoy nos corresponde hablar del estudio de los colores. ¿Quién puede decirme qué recuerda de la primer sesión que tuvimos al respecto? Empecemos por usted, señor. Ya que está tan interesado en la libreta de bocetos de su compañera, quizá podría explicarnos cuál es la diferencia entre la teoría aditiva y la sustractiva del color. Lo escuchamos».

I. La Vie en Couleur

Poco después de mi ruptura con Andrea —ex novia de la preparatoria—, mi madre me encontró haciendo importantes esfuerzos por continuar con mi vida. Entró a mis aposentos mientras el televisor pasaba una repetición más de America’s Got Talent. Una aficionada al canto deleitaba al público —o por lo menos lo intentaba— con una versión promedio de La Vie En Rose. Después de cuatro minutos de ukelele, voz y pánico, la interpretación rondó en lo regular pero, para un roto como yo, resultó celestial. Con Andrea atravesada en mi corazón y en mi cabeza, comencé a llorar por decimotercera vez en la semana (era miércoles) y mi madre, compadeciéndome, soltó uno de los más grandes clichés de la historia para consolar a un afligido de amor: “Mereces estar con una persona que llene tu vida de color”.

Las personas que escupen barbaridades de esta calaña deberían pensar dos veces en sus palabras de aliento antes de creer que “tu vida de color” implica necesaria y únicamente felicidad, prosperidad y cuánta cosa más se desea en Año Nuevo. No todos las tonalidades traen armonía; algunas, por el contrario, afligen e inquietan. Mi familia nunca asimiló mi relación preparatoriana, pues consideraban que mi pareja no traía paz, sino muchos problemas. A diferencia de lo que creía mi madre, Andrea sí fue color en mi vida. Bueno… Colores. 

II. Primarios

Andrea y yo fuimos una paleta de colores primarios con la que dábamos forma a la obra de arte que teníamos en común. Por supuesto y como en cualquier otra relación, lo nuestro comenzó con una pincelada bellísima de color amarillo. Curiosamente, nos conocimos en una clase de arte y ese día hablamos de todo, menos de las malditas teorías del color. Tras cuatro clases y tres tareas no entregadas, aceptó comer conmigo en el lugar más cercano al plantel, digno de cualquier fonda estudiantil: barato, rápido y no tan bueno. Ahí le confesé que estaba perdidamente enamorado de ella y que me encantaría iniciar una relación seria, pues en aquel momento todo lo que sentía era amarillo puro. Siempre de pocas palabras, respondió favorablemente a mi propuesta y comenzaron las tres semanas más alegres y joviales de nuestra relación. Risas aquí, juegos allá. Abrazos y cursilerías ¡Aquella felicidad tan distante hoy en día!


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Nuestra amarillez fue subiendo de tono y haciéndose más cálida, hasta que se combinó con nuestras siguientes pinceladas, cada vez más intensas. Terminamos por inundar nuestra obra de un rojo candente. El deseo se apoderó de nosotros como la pintura lo hacía de los lienzos que arruinábamos en nuestra clase de arte. Andrea despertó en mí el color rojo vivo más penetrante que puede haber y, acto seguido, comenzó nuestro idilio pasional. Entre besos y caricias, el reloj seguía su curso y nuestras aventuras aumentaban considerablemente; cada una de ellas relataba una nueva historia que contar. La cúspide de nuestro rojo pasión llegó en aquella matiné de lunes, cuando nos echaron del cine por no ver el filme.

Tras un par de errores perfectamente evitables de mi parte, nuestra pintura roja se acabó y, renuentes, decidimos continuar nuestro arte con el único color de la paleta que nos quedaba. Los siguientes meses, llenábamos nuestros espacios en blanco con un calmo y tranquilo azul marino. Como el mar en bonanza, nuestra relación adquirió un ambiente imperturbable lo que, si bien en un comienzo fue positivo, se volvió tremendamente aburrido. Esto nos permitía (co)existir en paz, aunque significara apartarnos de todos los riesgos, tentaciones y atracciones que podían existir. En realidad, nuestro azul calmo era un disfraz de otro azul mucho más preocupante: el azul triste. ¿Qué podíamos hacer ante una pintura cuyos colores primarios habían sido dominados por el azul?

III. Ausencia

Tras ocho meses en los que tuve el honor de pintar a su lado en una misma dirección, Andrea y yo terminamos nuestra obra de arte. El resultado final fue un peculiar (auto)retrato dadaísta de nosotros viendo directamente hacia el espectador. Las pinceladas eran profundamente diferentes; mientras algunas parecían hechas con el mayor cuidado posible, otras parecían lanzadas con coraje y resentimiento. Por supuesto que aquella pintura era buena, aunque no era la obra maestra de nuestras vidas. Aún faltaba mucho por pintar. Tras culminar, parecía que el resultado provocaba en Andrea una tristeza grandísima. Con el fin de que no quedase ni un ápice de recuerdo, procedió a rasgar el lienzo hasta reducirlo a un manojo de tiras irregulares, a punto de ser incendiadas por la gasolina y el olvido. Comprendo que no era perfecta, pero, ¿era tan necesario rasgarla y quemarla hasta las cenizas?


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La teoría aditiva — ¿o era la sustractiva? ¡Malditas teorías del color! — nos indica que la ausencia de colores primarios originan el negro. El negro es, entonces, no sólo la ausencia de color, sino también la ausencia de luz. Sin pintura en mi paleta y con todos mis primarios invertidos en una obra reducida a cenizas, lo único que me quedó fue un color negro penumbra, aún más oscuro que el negro convencional. Ese negro me acompaña desde que Andrea se marchó para jamás volver; se ha vuelto mi más entrañable amigo y mi más incesante perseguidor. Andrea “llenó mi vida de color(es)” y, con su partida, se los llevó todos, dejándome en ausencia. 

* * *

Acaba de concursar un latino en America’s Got Talent. Al parecer nos invita a cantar con su participación y, citando al poeta, “pintarnos la cara Color Esperanza”. Impasible, apagué el televisor y cerré los ojos. 

Cuando menos, quisiera ser gris, como antes de que llegara Andrea. 

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