Decir en el silencio

El lenguaje permite al hombre acceder al mundo, conocerlo y nombrarlo; pero el silencio -que también es lenguaje- muchas veces expresa lo que las palabras ocultan.

Por: Miguel Mariscal

| Jueves 14 abril, 2022, Guadalajara, Jalisco

| Tiempo de lectura: 5 min

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Decir es activar el lenguaje, articular la comunicación, aquella que llena los espacios con palabras. «Figuras» que dicen, signos aprobados por una comunidad determinada. Cuando ponemos nombre a las cosas las englobamos en el concepto, en la significación de las palabras, así le damos a nuestra realidad una forma, incluso una jerarquía que es parte de una totalidad representativa. Nosotros mismos, por ejemplo, cuando poseemos un «nombre», llevamos en sí esa inclusión de formar parte de una comunidad.

Estas mismas palabras concatenadas entre sí nos refieren la idea de englobar con ellas nuestro entorno, atribuyendo al lenguaje todo el conocimiento hasta ahora obtenido. Las palabras adquieren un carácter místico, son el medio donde el hombre se comunica con el mundo.

Pero no decir es también decir algo, es comunicar por el vacío o la ausencia de palabras (tal vez uno interpuesto entre una palabra y la otra),  un lenguaje que también comunica: El silencio. Mismo que también habla y dice, o dice más, porque transmite lo que sólo él nos puede decir.

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Tomemos el ejemplo de un diálogo entre dos personas, donde existe la posibilidad de la interrupción por alguna conjetura… de pronto hay un silencio como respuesta; respuesta que no se dice, pero dice; es una pausa que agrega otra conjetura, sea de aceptación o no, pero hay lenguaje que habla callando.

El silencio que es la ausencia de palabras, confirma la premisa de que ellas mismas son insuficientes para decir toda una realidad (no es una contradicción al lenguaje, pero sí su complemento). Ese silencio que expresa insuficiencia ante el asombro del mundo, ante el misterio de la vida que no cabe en los verbos; en lo insólito del hombre ante categorías como el amor, el odio, o la esperanza misma. En el sentimiento que pasa sobre todo ser humano como la alegría de una aceptación, o de un reclamo, la vida o la muerte, o la resignación que va acompañada de un silencio y que expresa lo inefable.

A diferencia del silencio de los cartujos, donde éste se refleja más que en el lenguaje en los sonidos de la naturaleza, sonidos que acompañan a la espiritualidad, a la contemplación. Aquí no es la ausencia de la voz, sino un lenguaje que vislumbra una vida de asceta: la suavidad del susurro, la quietud del agua o del viento, incluso de las piedras en los muros. Este es el silencio monacal meditativo.

Luis Villoro, filósofo y diplomático español.

Todo lo inusitado y singular, lo sorprendente o extraño, rebasa la palabra discursiva, sólo el silencio puede nombrarlo”

Aquí el que nos interesa es el otro silencio, el del lenguaje que omite para decir, para hablar con sus códigos y expresar la insuficiencia de las palabras. Luis Villoro nos dice: “Todo lo inusitado y singular, lo sorprendente o extraño, rebasa la palabra discursiva, sólo el silencio puede nombrarlo”. El filósofo nos dice además que este silencio es sagrado porque está emparentado con el misterio, con lo extraño, con la potestad de lo innombrable, pero expresivo. Aquí podemos agregar la experiencia mística de San Juan de la Cruz, que en su intento de explicar lo indecible, abandona la palabra por el silencio; uno que habla desde el interior y aunque dice no saber, percibe sabiduría:

“…grandes cosas entendí; / no diré lo que sentí / que me quedé no sabiendo / toda ciencia trascendiendo”.

El lenguaje le permite al hombre acceder al mundo y enfrentarlo a su existencia. Sin embargo, hay cosas que no se pueden nombrar, hay partes donde se oculta la razón y se escapa de las palabras. Pero lo que sí trasciende y se encuentra más allá de todo lenguaje, está en el poema mismo; ese elemento que expresa lo inenarrable.

“Me oculto del lenguaje dentro del lenguaje. Cuando algo -incluso la nada- tiene un nombre, parece menos hostil. Sin embargo, existe en mí una sospecha de que lo esencial es indecible […] Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que él mismo no puede expresar la realidad”.

Estas son palabras de Alejandra Pizarnik, poeta que tomó la poesía como refugio buscando en ella la concepción más pura del lenguaje.

Ella alcanzó a vislumbrar una caída del mismo, un fracaso, donde el lenguaje había entrado a un terreno pantanoso y descontrolado. Aún cuando ella mencione todos los elementos y las cosas que le suceden, la comunicación falla; por eso busca el silencio perfecto, ese que nos queda después de las palabras. “En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio”, agrega.

Alejandra Pizarnik, poetisa argentina

En efecto, el hombre queriendo con la expresión abarcarlo todo se ve limitado, y ante lo inexpresable o desconocido recurre al silencio, no tiene otra opción más que ese lenguaje de ausencia. Pero es en la poesía donde se encuentra aquello que éste le limita; y sin mencionar palabra (sólo silencio) pronuncia bajo sus recursos lo que existe entre líneas.

Es Octavio Paz quien nos dice que algunas veces de forma dramática también el poeta recurre a su propio silencio, cuando ha agotado su recurso creativo por lo general tiende a repetirse o disiparse, y ahí en ese punto no le queda otro remedio que apegarse a él con dignidad.

“El silencio se apoya en las palabras y por ella se vuelve significado, una significación que las palabras ya no pueden decir. El poeta ya no tiene más remedio que escribir con los ojos fijos en el silencio”.

Así pues, la experiencia nos dice que hay imposibilidades de plasmar en palabras todo aquello que la sensibilidad dicta al poeta; y agregaríamos también a toda manifestación del lenguaje. Sin embargo, es el silencio el recurso inagotable que nos habla muchas veces por encima de una realidad oculta en las expresiones.

Si en un diálogo decimos como aquel viejo dicho: ‘no tengo palabras’; entonces, eso… es ya decir mucho.

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