Un Diógenes personal | Relato

El tío Arturo era un ser extraño, un poco raro, un poco extraordinario. Los libertarios le parecían demasiado capitalistas, los socialistas demasiado imperialistas, los fascistas genios que se desviaron.

Por: Jorge F. Quiroz

| Lunes 4 abril, 2022, Ciudad de México

| Tiempo de lectura: 3 min

En la pequeña gran casa de mi infancia vivíamos, como buena familia mexicana, mis abuelos, algunos tíos, mi padre, mi madre y mi hermano. La peculiar herencia familiar de la casa paterna me parecía (y me sigue pareciendo) antigua. No como algo precario, sino como algo perenne.

La gran fama de mis bisabuelos (un criollo y una mestiza) mi abuelo con su porte, su templanza y su sabiduría muda (algo que heredaría mi padre). Mi abuela siempre enferma, pero de astucia aguda y amable compañía. Y un dorado escudo que pronunciaba místicamente una oración del pasado: “Después de Dios, la casa de Quiroz”.

Esta casta, que parecía dotada de grandes bendiciones, de gente humilde, pero rica en costumbres y espíritu. De buenos ejemplos, mi abuelo trabajador, mi abuela confidente, mi tío el economista, mi madre paciente y mi padre el intelectual. Sin embargo, de todas las virtudes de la inteligencia, de todos los vicios en esa casa vivía un ser extraño, no en el sentido de raro, sino de extraordinario.


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Mi tío Arturo (tío Tuto) era difícil de descifrar. Vivía de noche, su dieta los cigarros y el café frío, a veces, lo que se dejaba infraganti en la cocina. Su credo era la libertad y la bondad. Los libertarios le parecían demasiado capitalistas, los socialistas demasiado imperialistas, los fascistas genios que se desviaron. No, mi tío era socrático y la mayéutica era su forma de vida. Aunque, siendo estricto, su forma de vivir era más bien cínica.

Su habitación me parecía un museo de cosas curiosas. Sus Trajes roídos por el tiempo, su pequeña farmacia de pastillas contra el insomnio. Su cama muy sencilla, pero particularmente cómoda. Su pistola calibre 45, niquelada. Que guardaba celosamente como aquellos argivos que conservaban las armas de sus héroes. Y una obscuridad solemne, como la de una catedral o una antigua universidad.

De aura insólita, perfumada por el tabaco quemado del cenicero. Y con su voz grave y profunda. Parecía destinado a contemplación, ante su porte amable y su inquietud furibunda.

Si tenías la fortuna de toparte con él en su meditabunda presencia, estabas listo para una cátedra informal sobre cualquier tópico. De las extrañas diligencias policíacas que tenía a su cargo, de seres paranormales, de la fe y la existencia de Dios, de la inservible ocupación de los políticos, de sus amores nunca sanados, de sus pecados sin redimir o de los problemas fundamentales de la existencia humana.

Nunca cobró por compartir lo que sabía. A veces me parecía un poeta, a veces un lunático, a veces un alma atormentada, otras, un pensador humilde.


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Un cáncer de pulmón fue su único freno. Mientras lo cuidaba en una tarde de viernes, despertó de su sueño anestésico. Mirando hacia enfrente me preguntó:

-¿Crees en la inmortalidad, hijo?

-No lo sé, tío- le dije, inseguro.

-¿Crees que los dioses le temen a la muerte? ¿Qué es morir?- Me dijo con cara severa.

-Quizá la vida eterna está reservada sólo a lo divino- le dije- o algo parecido.

-Te equivocas, hijo, la vida eterna existe, pero no de manera corporal. La vida eterna es vivir siempre en el recuerdo, siempre en la memoria de los que nos aman. Es un privilegio que pocos tienen. Como los héroes de antaño.

Arturo Quiroz murió la madrugada del sábado, luchando por respirar. Un pensador cuyas únicas posesiones eran sus ideas y la tierra bajo sus pies.

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