Aliento | Relato

El golpe no fue en el rostro, asestó mi corazón y lo quebró. Sin misericordia, sin un poco de piedad. Un golpe limpio y fuerte que destrozó mi ser en un parpadeo.

Por: Dulia I. Fernández

| Lunes 14 de marzo, 2022, Ciudad de México

| Tiempo de lectura: 4 min

            Abrazarlos es lo único que puedo, tomar sus manos, acariciar sus frentes y besarles me llena de fuerza para poder levantarme. Si me hubiese quedado en soledad dejarme arrastrar por el rio habría sido sencillo. Llorar es un lujo y sobre pensar no está permitido, me harían perder tiempo. Nunca tuve necesidad de huir, tuve aquello que se anhela: amor.

            El sueño de muchos lo estaba viviendo, nuestra familia estaba creciendo: no en número, sí en logros. Encontrarme con quien había jurado mi vida era maravilloso, especialmente, tras contemplar mis estrellas reposar entre las sábanas. Ahora no podía sino imaginar su rostro acurrucado entre ellos, mostrándome lo feliz que se podía ser sin necesidad de vivir entre lujos.

* * *


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–No eres capaz de sobrevivir sin él–la voz de la mujer resonaba, se mantenía señalando el bolígrafo–Yo me encargaré de sus bienes.

–Usted nunca ha pensado en sus nietos–ella no contestó–Él se preocupó por su sangre y, aunque no es mucho, ha dejado un legado, me encargaré de no destruirlo.

Caminar era lo más valiente que podía hacer, mis manos necesitaban un arma para defender el frente de mi guerra y proteger a mi sangre. Dolía respirar, sin embargo, ellos me necesitaban y yo ellos. Mis niños, mis nuevos ojos no pueden quedar en soledad.

Nunca se está preparado para enfrentar las adversidades de la vida y lo que menos esperé fue comenzar el año con una pérdida. Una noche fue suficiente para cambiar los planes cotidianos. Imaginaba mis mañanas comunes añorando retornar. Llorar a una tumba fue impensable y ahora…


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–Cariño, podrás hacerlo. Estamos contigo–palabras que tienen poder, palabras que alimentan, palabras que alientan. La cantidad de personas presentes en el funeral no interesaban, importaban en quienes veía en sus rostros más que compasión. Él y yo habíamos decidido caminar juntos por la vida y ella misma nos había apartado, pero no estaba sola: aunque su familia se interpusiera, contaba con corazones de oro, los cuales me habían abrazado en aquel trágico momento y habían acudido a nuestro auxilio.

Los golpes no siempre son físicos y no se puede escapar de la adversidad. No importa si existe el destino, hoy me levanto por mis hijos y peleo en el camino. Abandonada no me encuentro, me siento triste, pero lo tomó por un costado y convierto en mi sonrisa para demostrarle a quienes me acompañan que he tomado sus palabras y aceptado su apoyo.

¿Qué más puedo hacer si no es empuñar la espada?

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