La asesina de la Narvarte

Una mujer es atrapada por los homicidios de unos hombres en la colonia Narvarte y es interrogada por los policías que intentan descifrar sus motivaciones.

Por: Aura Vilchis

| Lunes 28 de febrero, 2022, Ciudad de México

| Tiempo de lectura: 5 min

No es tan usual en México, tratar casos de asesinos seriales, y mucho menos, de asesinas seriales, pero aquí estoy, observando cara a cara a un miembro de esa rara especie de depredadores. Una mesa clavada al piso es lo único que nos separa. Ella está sentada, un poco inclinada, tan cómoda como un rey sobre el trono, su boca está ligeramente en una mueca burlona, confiada, soberbia, los ojos detrás de las amplias gafas de armazón negro son fríos, calculadores y vivaces, no ha apartado la mirada de mí desde que entré a la sala de interrogatorios ¿Es mi imaginación o casi no parpadea?

Pongo delante el amplio folder con evidencia, testimonios, fotografías, etc. Ella sigue sin apartar la mirada de mí. Le informo que tiene derecho a llamar a un abogado antes del interrogatorio. Ella agita su cabeza, reusándolo.

-¿Sabes por qué estás aquí?

La mueca burlona se convierte en una sonrisa de satisfacción y asiente.

¿Podrías decir en voz alta el motivo que te trajo aquí?

Sin dejar de sonreír, contesta. – Estoy aquí por hacer lo que todos piensan, pero que no se atreven. Estoy aquí por hacer el trabajo de la policía, tu trabajo y el de tus compañeros.

-¿Y exactamente cuál es ese trabajo?

-Proteger. Justicia, lo llaman cuando lo hace un policía… Pero cuando lo hace una civil, como yo, ustedes hipócritas, le dicen asesinato.

-Mataste a 25 hombres, entre los 20 y los 60 años, todos con un disparo en la entrepierna y uno más en el ojo. Esparcías partes de sus cuerpos en lugares concurridos de la Ciudad, como despojos, eran sólo basura para ti. Y te mantuviste así durante todo un año.

Sus ojos brillaron. -Tú lo llamas «matar», yo, lo llamó justicia.

– Dime por qué…¿Por qué lo hacías, por qué mataste a todos esos hombres?

Ella me miró, permaneció callada una gran cantidad de tiempo, tanto que pensé que no respondería, pero entonces habló.

-Sabes, cuando tenía 6 años, mi padrastro me tocó por primera vez, se escabulló a mi habitación por la noche, puso su mano pesada sobre mi boca y me besó la cara y el cuerpo, lo hizo, religiosamente, durante 5 años, hasta que dejó a mi madre por otra. Y uno pensaría que es suficiente para toda una vida haber tenido que soportar una experiencia así, que es imposible que más mierda de ese tipo te vuelva a pasar, pero…Sabes, pasó de nuevo. Mi maestro de catecismo, en la escuela, cuando tenía trece. Y después, a los 18 años, mi novio me chantajeaba emocionalmente para tener sexo anal. Y en una peda, en la Universidad, uno de mis amigos, me llevó ebria a un motel, me obligó, y después me dijo que yo se lo pedía a gritos, que él también estaba ebrio y que no era abuso ¿Da pena, no?

Pero no te cuento todo esto para que sientas pena o lástima por mí… Espera y comprenderás.

Todo ese tiempo viví atada, jamás dije una palabra, ni a mi madre, ni a mis hermanos, ni a amigas. No le dije a nadie.

La miro en silencio, creo que está a punto de llorar cuando una risa irónica brota de ella.

-Y entonces, un día, volviendo del trabajo, sentada en algún mugriendo vagón del metro, un tipo se saca la puta verga y empieza a masturbarse enfrente de mí. Saca el móvil con la mano que le queda libre y empieza a grabarme… y me mira asquerosamente, sintiéndose dueño de mí. Y entonces pienso, llena de asco, que ese ser que está ahí no tiene ningún poder sobre mí, y que sí quisiera podría matarlo. Y eso me provoca una carcajada, me reí como nunca en la vida. Y entonces, ese maldito, se hizo tan pequeño, tan patético, y su maldita cosa se puso flácida, porque estaba avergonzado, viendo su propia insignificancia.

-Cuando el metro se detuvo, se subió la cremallera del pantalón y se fue, pero yo sabía lo que quería hacer, yo sabía cuál era la manera de ser libre por fin. Así que lo seguí, y el desgraciado estaba asustado, pensó que lo denunciaría o algo así, mientras yo me reía detrás de él. Una vez fuera del metro, en la calle me gritaba que era yo era una perra, una puta, que lo había disfrutado y no sé cuántas pendejadas más.

-Y dejé de reírme. En la mochila llevaba una navaja, que pretendía usar para defenderme, la había traído por muchos meses ahí, sin darle ningún uso, entonces pensé «hoy será el día». Así que la tomé, corrí detrás de ese idiota y lo tumbé sobre el piso. Por supuesto que se defendió, me dio algunos golpes, me arañó los brazos, pero yo estaba decidida. Así que lo hice, se la clavé una y otra y otra y otra y otra vez. Cuando la vida se fue de sus ojos tomé sus cartera y lo dejé ahí, ni siquiera miré atrás…

Ella me miró, satisfecha, acababa de relatar el homicidio de su primera víctima de oportunidad. Y continuó relatando lo que había hechos con sus otras víctimas, todas perfectamente planeadas, su maestro de catecismo, su ex novio, su antiguo compañero de la universidad, y después otros hombres, todos violentos y abusivos. Excepto sus dos últimas víctimas, un compañero de trabajo y un padre de familia de la escuela donde trabajaba.

-Sé que tu padrastro murió una semana antes de que atacaras a tu primera víctima. Ese fue tu detonandor, el momento de estrés que te hizo comenzar a matar-. Una mueca de vergüenza apareció en su rostro, su sonrisa se desdibujó y fue sustituida por una expresión de llanto, que logró contener.

-Dime ¿Por qué mataste a esos dos últimos hombres antes de atraparte? Eran buenos padres, esposos. Eran inocentes.

-¡Mientes! Ellos eran malvados, ambos golpeadores y abusivos. Ese buen padre como tú lo llamas era un abusador, lo vi en sus ojos ¡Yo salvé a esa pequeña! ¡Hice tu jodido trabajo!

-No, no salvaste a nadie, ese hombre no abusaba de nadie, amaba a su hija, lo investigamos, estaba limpio de cualquier delito-. Ella se rompió, sus ojos adquirieron un brillo demente ensimismado y, sobre todo, peligroso. -Tú compañero de trabajo, jamás golpeó a su esposa, que por cierto está embarazada. La interrogamos a ella y a su familia. Era un buen hombre.

Agitó la cabeza frenéticamente, las lágrimas corrían por sus mejillas

-¡No, tú me mientes! No soportas la idea de que hago tu trabajo, que yo imparto mejor justicia que la tuya y toda la maldita policía.

-Tú no eres la buena aquí, eres una asesina, mataste a esos hombres por odio. Eso no es justicia es un crimen.

Me mira con furia, se limpia las lágrimas y me dice, con calma. -Hasta donde yo sé, los criminales sí salen de la cárcel, si es que los atrapan, claro; pero los muertos no se levantan de sus tumbas. Mi justicia es definitiva ¿Entonces, cuál es mejor?

-Es cierto, los criminales salen de la cárcel, después de haber pagado su condena, tienen una segunda oportunidad para hacer mejor las cosas, buscamos corregir, ayudar, y si bien, a veces fallamos, cada día hacemos lo mejor por ayudar. Nadie te ayudó a ti cuando eras niña o adolescente, pero esto que hiciste no es justicia, te convertiste en uno de los malos.

Ella me mira a los ojos, ya no hay rastro de llanto en su rostro. – Tal vez tengas razón, y ahora estoy aquí, pero créeme, que aún en prisión soy más libre que muchos de los que están afuera, viviendo en supuesta libertad, pero con cadenas invisibles.

La asesina de la Narvarte, como fue apodada, fue condenada a prisión perpetua, con la posibilidad de ser liberada a los 50 años.

Este relato es completamente ficcional y no busca promover

ningún acto de violencia.

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