Espacio sin olvido | Relato

Del amor no obtiene siempre alegría. Esperar es virtud, amar un sueño, ser correspondido un privilegio. Pero, ¿Qué se puede hacer cuando sólo se mantiene a la espera, sin señales y lleno de incógnitas?

Por: Dulia I. Fernández

| Sábado 19 de febrero, 2022, Acayucan, Veracruz.

| Tiempo de lectura: 5 min

El vacío silencioso es ininterrumpido, siempre bombea sangre y es nítido, su espectral y mortífero recurrente quejido anonadan a cualquier forastero que deba cubrir su turno. Los pasos resuenan entre ecos y se pierden en la inmensidad de la masa inquieta, hay poco que ver, demasiado por escuchar y siempre habrá alguien quien pida más.

Estupefacto, desconcertado, inquieto…

Los modos han sido diversos y el objetivo es único. Sentado en la nada, observando el portal fluye el tiempo, lo dejo pasar. Mis acompañantes se cuentan con los dedos de una mano, traen juegos e intentan divagar con temas poco inquietantes, esforzándose en alejar mi mente del gran vacío.

–Luce bien ¡es estrepitosa!

–Observa cómo brilla, ¡es radiante! –observaban a través del ventanal una estrella, distinta, con su luz cambiante. Supongo que es única porque aquí abundan las estrellas de luz blanquecina.

–¿Estará agonizando? ¿Estará esperanzada y pelea por sobrevivir?

He entendido aquel comentario, no lo han dicho de frente porque ni una palabra de mí se consigue, de igual forma, lo ignoraré.

–¿Cuánto piensas esperar? –ella se ha acercado, mi amiga se ha sentado a mi lado y observa el blanco techo en silencio esperando una respuesta –parece ser un asunto delicado. No es una persona normal, no es como nosotros, ¿verdad? –mi mirada se detiene en el lustroso suelo, puedo ver mi cabello desquebrajado, con una barba naciente entre mejillas pálidas y ojeras profundas. Sinceramente, mi aspecto inspira lástima.

–¿Cómo te has enterado? –son las primeras palabras que logran salir voluntariamente.

–Las noticias en la Tierra son alarmantes y he conocido, a través de imágenes, un rostro conocido, un rostro que solía visitar estos pasillos. Me sorprende que hayan podido conocerse en persona, quebrantaron una ley y ahora sufren por la lejanía. Desafiaron a los más sabios, ¿crees es esto un castigo mundano?

Su cabello pelirrojo cae en caireles, retumba y juega con la gravedad. Nada similar al castaño de ella, que liso, dejaba a la luz acercarse a juguetear. Admito haber temido en nuestro primer encuentro, la desesperanza de ser alguien desagradable a sus ojos, eso siempre estuvo presente en mis pensamientos.

Más nunca se vio: ella me recibió con un abrazo, después un beso y por fin, después de tanto tiempo, estrechamos nuestras manos y nos fundimos en el calostro de la tarde.

La ciénega nos recibió con anhelo, parecía esperar a dos almas amantes y estaba dispuesta a ocultarnos de los labios y ojos de la gente. Podrán haber sido pocos los encuentros terrenales, pero nunca nos detuvo encontrarnos en este pasaje, donde nos deteníamos a observar el universo.

 Siendo testigos del nacimiento y muerte de planetas, escuchando a los Reyes de la Galaxia dar sabios consejos con viva ilusión y desesperación, plantar en nuestras mentes semillas que permitiesen salvar nuestro desastroso planeta.

–Lo dudo –escapé de mis pensamientos –el castigo, según conozco, es mayor y lo que ha sucedido ha sido por obra del ser humano. Su familia le retiene, algo estrepitoso sucede, es por ello que no pudo venir.

–¿Y si le retuvieron el permiso para acceder? –no, no quise pensar en una respuesta negativa.

–Entonces ella no habría podido dejar aquel mensaje –no hubo salvo titubeos, intentos por expresarse en una fallida conversación.

Ella no tardó en alejarse sin repetir que no perdiera esperanzas, lo que ella no entendía es que le esperaría ahí, donde el tiempo se detiene y donde las lenguas se pierden, donde somos un solo ente y donde la Torre de Babel se desvanece. Mi cuerpo físico podía pudrirse, pero mi alma y mente jamás perecerían, ellas y mi voluntad serían las últimas en caer. Esperaríamos hasta nuestro último palpitar.

Lentamente la sala se vació, quedábamos en el firmamento, ese manto oscuro e imbatible, esperando…

Esperando…

Solamente esperando…

Mis ojos comenzaron a sentirse pesados, el cuerpo se entumeció y la respiración sobresaltó, palidecía ante una masa oscura que se presentaba sin aviso. ¡Retumbaron mis oídos, se trancaron mis dientes y mis manos comenzaron a temblar! Extraño suceso, desconocido…  ¿visitante? ¿Era un visitante?

Estuve a punto de dejar ganar la tentación hasta que la figura comenzó a volverse más clara: un bulto negro desproporcionado se convirtió en un delgado cuerpo, con su cabello bailando hacia distintos puntos. Su rostro albergaba una expresión de terror y sus acciones torpes embellecían lo perdida que se encontraba en aquella habitación.

Me levanté con lentitud y acudí a su bienvenida. Mi corazón palpitó con tanta fuerza que sentí cómo se oprimía el pecho. Fui torpe al dar el recibimiento, esperaba escuchar alguna frase de gratitud, sin embargo, lo que recibí me dejó completamente anonadado.

–¿Dónde estoy?

No pretendía expresar mi felicidad al poder contemplarla de nuevo, tampoco abrumarla con abrazos. Me limité a sonreír y mostrarle el camino de los recién llegados.

Nuestra conversación fue inexistente y lo poco que alcanzó a llegar a mis oídos indicó que ni siquiera recordaba su nombre.

Mi sueño de volver a verla se había cumplido, no así el de reunirnos para planear y escapar de nuestro miserable mundo donde pudiéramos ser felices junto a nuestra, ya imposible, familia unida.

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