Amor de infancia | Cuento

Katherine tiene una pregunta importante «¿Cómo sabré quién es cuando lo encuentre?», su madre intentará resolver a esta pregunta para guiar a su pequeña hija.

Por: Adriana Camarena

| Miércoles 9 de febrero, 2022, Ciudad de México

| Tiempo de lectura: 5 min

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La pequeña Katherine siempre había visto lo mucho que sus padres se querían.

-Mamá, cuando sea grande quiero casarme con alguien igual a papá.
Dijo una noche, cuando su madre la preparaba para dormir.

Edda le dedicó una sonrisa a su hija.

-Bueno, ya encontrarás a tu príncipe, mi cielo. Pero espera a ser mayor, ¿De acuerdo?

Su hija pensó un poco.

-¿Tendré que esperar mucho? ¡No quiero esperar tanto, mamá! Quiero casarme tan joven y bonita como tú. Además, ¿Cómo sabré quién es cuando lo encuentre?

Edda se rio de los pensamientos de su hija.

-¿Qué te parece si te respondo con un cuento para dormir?

-¡Sí! Me encantan los cuentos. ¿Puede ser de princesas?

Su madre río. Todos los cuentos para Katherine debían ser de princesas.

-Una vez, en un lugar muy lejano, existía una hermosa princesita. Era una niña aún, y adoraba jugar en los jardines con las flores, o en las partes altas del castillo mirando las estrellas.


Un día, se encontraba jugando como siempre en el jardín. Estaba tan entretenida preparando el té para sus muñecas, que se llevó un gran susto cuando una voz habló atrás de ella.

-Las muñecas no toman té, ¿Sabías?

Un niño que nunca había visto, se encontraba parado a lado de los arbustos viéndola jugar.

-¿ Tú quién eres?

-Sebastián. Mi padre me trajo aquí, porque vino a ver al Rey. Pero no me dejaron estar con ellos, así que vine al jardín.

-¿Y tu padre no se enojará de que te hayas escapado?

-Me buscará cuando terminen de hablar. – El niño se encogió de hombros – ¿Tú eres su hija, verdad?

-Sí. Soy Celeste. Su hija

-La princesa Celeste. – El chico pronunció las palabras con cuidado – Tienes un bonito nombre.

A la princesa le llegó un poco de color a las mejillas.

-¿Por qué no juegas conmigo? Así no te aburrirás mientras te buscan.

El joven sonrió y se acercó hasta donde estaba ella.

-Te serviré un poco de té.

Ella le pasó una tasa con un líquido caliente cuidadosamente servido. Quizá la bebida estaba más caliente de lo que debería, pues Sebastián terminó por quemarse la boca.

Ella se río de él.

Pasaron mucho rato ahí, (Aunque probablemente no lo notaron) jugando a un montón de cosas que se les ocurría a los dos. Celeste pensó que sería una estupenda idea que el chico fuera de vez en cuando a jugar con ella. Nunca se había divertido tanto.

Y así pasó. Cuando ambos niños les pidieron a sus padres que se vieran más seguido, ellos no se negaron. También tenían asuntos que tratar.
El padre de Sebastián, que ahora Celeste sabía, también era un Rey, los visitaban a menudo, y Celeste y Sebastián jugaban todo el día.

Pero después de un tiempo, Sebastián y su padre dejaron de ir. Celeste le preguntó a su padre, pero él sólo le dijo que eran cosas de adultos.
Le preguntó si, en ese caso, ellos podían visitar a Sebastián y a su padre, pero él se negó.

Celeste no quiso indagar más, aunque se preguntaba qué pasaría ahora que no tenía con quien jugar.

Pasó mucho tiempo, y Celeste creció. Se convirtió en una hermosa mujer y una magnífica princesa.

Un día, su padre le informó que se organizaría un baile en el palacio, al que acudirían otras familias reales.

Celeste no repudiaba este tipo de eventos, pero definitivamente no la emocionaban.
El día llegó, y el baile comenzó. Los invitados comenzaron a llegar, y todo estaba perfecto. Celeste observaba el baile sin mucha emoción.

De pronto unos invitados llamaron su atención. Una hermosa mujer elegantemente vestida. Una reina, obviamente. Pero su acompañante debía ser el Príncipe, su hijo. Era joven, y la diferencia de edad era notable.

No los reconocía, aunque esto no era extraño. En realidad no reconocía a la mitad de los invitados. Aun así, algo en el chico le llamaba la atención.

-Padre, ¿Quiénes son? – El Rey miro a su hija y sonrió.
-¿Por qué no te los presento?

Se acercaron a recibirlos. Su padre fue el primero en hablar.

-Reina Sofía, un placer recibirla.

Pero Celeste estaba concentrada en el chico. Ahora que estaban cerca, ella de verdad creía que había algo familiar en él.

-Gracias por su invitación, su majestad.

El Rey se acercó a su hija.

-Quiero presentarles a mi hija, la princesa Celeste.

-Una joven hermosa – Respondió la Reina.

El Rey se dirigió a Celeste.

-Ellos son la familia real del occidente. La Reina Sofía, y su hijo, el Príncipe Sebastián.

Celeste lo recordó de inmediato. El mismo Sebastián que recordaba jugando con ella.

-Un gusto, Reina Sofía, Príncipe Sebastián.

Ahora fue el Príncipe quien habló.

-El gusto es nuestro, Princesa Celeste.

Él la miró a los ojos, y ella lo notó. También lo recordaba. Celeste se dio cuenta que su sonrisa era aún mejor de lo que recordaba.

-Madre, supongo que tienen mucho de que hablar. Me gustaría bailar la siguiente pieza con la princesa, si ella así lo desea y a su majestad no le molesta.

El Rey sólo sonrió.

-Adelante, disfruten del baile.

Sebastián regresó la mirada a Celeste.

-¿Princesa?

-Encantada – Respondió. Celeste se ruborizó.

Se dirigieron al centro del salón y una exquisita pieza comenzó. Sebastián fue el primero en hablar.

-Es aún más hermosa de lo que recuerdo, Princesa.

Celeste decidió jugar un poco. En parte para romper el hielo y también porque no sabía como responder a su cumplido.

-¿ A caso nos conocíamos, Príncipe Sebastián?

-Bueno, tal vez quemarme la boca con una taza de té le refresque la memoria.

Ella rio. Fingió pensar un poco.

-No. Honestamente no lo recuerdo. Aunque ahora que lo pienso, recuerdo hace mucho tiempo a un niño juzgándome por darles de beber té a mis muñecas.

Ambos sonrieron.

Pasaron toda la velada juntos, y Celeste tuvo la misma sensación de cuando jugaban en su césped. Ya no estaba sola.

Pensó que tal vez él lo percibiría diferente. Quizá para él, ese reencuentro no significaba lo mismo. Después de todo había pasado ya mucho tiempo. Pero cuando él le pidió que se vieran una siguiente vez en una celebración que se organizaría en su reino, algo en ella se encendió.

Ambos quisieron seguir viéndose por varias ocasiones más. Y gracias a que ahora eran mayores, era algo que podían hacer.

Quizá fue la calidez de los recuerdos de infancia, o quizá aún permanecía la misma conexión entre ellos que cuando aún eran pequeños. Cualquiera que fuera la razón, era lo suficientemente fuerte para que después de un tiempo, terminaran perdidamente enamorados.

Sus padres estaban felices, pues ahora ambos reinos, serián también familia.

La pequeña Katherine interrumpió el relato.

-¿Y ellos se casaron, mami? – Preguntó la niña emocionada.

-Tuvieron la boda más hermosa en todo el mundo, cielo.

Katherine sonrió satisfecha.

-Bueno, entonces yo también quiero encontrar a mi Príncipe cuando ya pueda casarme con él.

Edda rio. Amaba a su hija.

Cuando por fin Katherine se quedó dormida, Edda la cubrió.

-¿Completó su misión, Princesa Edda?

Edda se asustó. Miró hacia la puerta, y vio a su esposo recargado en el marco, sonriendo. Ella le devolvió la sonrisa.

-¿Desde hace cuanto estás escuchando?

-Más o menos desde que iniciaste. – Acercó a Edda a él – Aquel día me quemé con tu té más de lo que di a notar, ¿sabes? Quería impresionarte.

Edda rió.

-Quedé impresionada, sí – Se acercó a los labios de su esposo y plantó un dulce beso.

-Vamos, Príncipe Damián. Hora de ir a la cama.

Sí. Edda estaba bastante segura de que su pequeña hija encontraría en algún momento a su Príncipe. Después de todo, ella había perdido y reencontrado al suyo.

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