Sin entrañas

Observando la misma cinta mantiene un alicaído espíritu aferrado.

Por: Dulia I. Fernández

| Jueves 20 de enero de 2022, Acayucan, Ver.

| Tiempo de lectura: 3 minutos

“¿Ves? Lo prometiste. Nos volvimos a ver” 

Pasos traviesos que ahogados se pierden en la habitación, joyería que tintinea y telas que se entremezclan con gracia ante el aire. En la interfaz de blandas memorias, escuchando el caer de las gotas y el eco de sonidos ajenos a sus movimientos. ¿Funcionaba o no funcionaba? Recalcar con tinta no era suficiente y conservarlo en la mente era aterrador ante la idea de recrear los escenarios con mentiras deseadas. 

El aire acondicionado no importunaba. No eran elásticos, pero se esforzaban en alcanzar el botón. Pálidos casi desfallecidos, apenas vívidos sus dedos acorralaban el control. La fuerza extrema se había retirado, sólo quedaban debilidad y algo de gallardía en aquella habitación. 

Había identificado sinfín de detalles, casi escondidos y dispuestos a escapar de cualquier primera vista. Eran juguetones, demasiado sonrientes y estiraban las manos para acompañar a navegar entre las historias, por eso les había inmortalizado en papel, para permitirle sentir cada componente de cada escena. 

‒Imaginé… tu propósito sería distinto ‒miró desconcertado a la figura que permanecía sentada imperante en su trono. 

‒ ¿Me creíste incapaz de corromper un principio humano? ‒no contestó ‒tengo un propósito para traicionar a mi nación. 

El silencio acarició ambas almas: una rígida y fría con cada palabra mientras la segunda le contemplaba cerca de desbaratarse.  

El frío de la habitación le hacía temblar sin compasión, contrario a su acompañante quien permanecía sentada en el sillón, intacto, intocable, invencible… lucía tan serena que se podría preguntar ¿cómo era capaz de mantener calma en momentos tan atroces? La ciudad se derrumbaba a la par que una simple grabación se repetía. 

‒Vine aquí pensando encontrar la terrible arma de la cual tanto alardeaban ‒el hombre de División Especial se sentó en alguna caja, observando con sosiego aquella figura que causaba intriga en la sociedad. 

‒Nací en un gueto, crecí a la sombra del árbol gracias a la mente y hoy perezco en soledad consecuencia de mi ignorancia. 

La misión había resultado fracaso, valioso tiempo perdido nadaba en una incógnita: ¿por qué?  

Se había infiltrado información de la nueva arma, una que les permitiría controlar naciones y una a la que temían ricos, no pobres. Pero al llegar al Centro de Investigación, sólo había encontrado una mujer y una pantalla reproduciendo por horas el mismo video.  

No tuvo que analizar la zona para determinar lo limpia y libre que se encontraba. Se dio el lujo de descansar y de comer algo que su anfitrión le había regalado, siempre mirándole y preguntando lo mismo. 

Una risa le invitó a observar la enigmática cinta y pudo ser testigo de cómo dos manos sostenían juguetes fabricados, al parecer, por un infante. Algunos se movían y hacían ruidos, otros se mantenían estáticos, vislumbrando belleza construida a partir de desechos. El mundo no era tierno ni amable, el mapa y nombre de las Zonas Especiales estaban trazados a la perfección en su mente. Gracias a algún paseo poco recordado, conectó sitios y se levantó ante el asombro de reconocer la mente maestra que tenía de frente. 

‒No entenderás hasta perder ‒soltó la chica con una sonrisa. 

‒Esto es traición ‒ella no le dirigió la mirada. 

‒Intentar recuperar una parte de mí es un acto de amor y desesperación.  

‒ ¿Qué pretendes conseguir? Esta farsa pronto será descubierta y serás expuesta ante medios y la sociedad completa. ¡Dijiste que trabajarías en un proyecto importante! 

Un disparo se escapó. Un par de tenis blancos corrieron hasta la chica y sostuvieron su mano evitando el letargo. 

‒Es importante para mí ‒susurró, las lágrimas brotaban ‒entregué mi vida a cambio de nada. Hoy intento recuperar ese pedacito que me atormenta, sé que ella está aquí y observa cada movimiento. 

‒Mujer… ‒la imagen que corría era blanca, se tornó oscura en un parpadeo. Se escucharon gritos, seguidos de golpes y quejidos, suplicas que alcanzaron un último punto y cesaron para mostrar una grabación sumida en penumbras.  

‒Intentó ir a mi primer hogar para conseguir frutos del huerto. Ella sabía cuáles eran mis favoritos y yo apenas conocía su nombre ‒el frío comenzaba a debilitar sus sentidos, el reloj tejía una trampa a sus costados ‒Ella solía correr por mi casa, la conocía mejor que yo, yo quien vivió entre estas paredes argumentando amar la profesión, cuando la verdad era que evadía el mundo por temor. 

¿Por qué nunca nos visitas?” 

‒Porque los odio. 

Cerró los ojos y se dejó llevar por el sonido del silencio, desdichada como un espíritu errante, intentando aferrarse a memorias, a memorias ajenas en un intento de mostrar nobleza. 

* * *  

Las carpetas aparentaban resguardar información importante, la caligrafía y orden de cada una sugerían una investigación perfecta. Sin el caos rondando, le habrían sentenciado a una condena perpetua por engañar al Gobierno con un proyecto carente de sentido. 

Las fechas escritas tendrían meses de distancia con el presente, enlazándose con un caso de secuestro y homicidio ocurrido en la cercanía de los guetos.  

Ella sollozaba por haber abandonado a sus padres y hermana, por perseguir sueños construidos por terceros. Se encogía de dolor por haberles negado un saludo. Le corroía saber que estuvo en sus manos y le permitió correr hacia un encuentro con la extinción de su vida. 

No supo valorar, no supo cuidar, no supo amar a quien cariño incondicional le brindaba siempre que se reencontraban. 

“Tú sonríes, sólo eso basta para ser feliz” 

Lo único que ahora le quedaba era la reconstrucción de recuerdos para traerle de vuelta al mundo, suplicando a cualquier ser supremo le regresase a su semejante sólo para permitir abrazarle y acunarle como nunca lo hizo. 

Se sentía culpable de haber entregado a su hermanita al mundo sin retorno y de haber robado sus tristes recuerdos. 

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