El primer ojal del año | Relato

Una vida se cose a partir de relatos apasionados. Pasar por el ojal nuestros miedos, dolor y frustraciones para bordar cúmulos de nuevas historias cargadas de valor, ilusión y esperanza.

Por: Adriana Spota

| Lunes 10 de enero, 2021, Ciudad de México

| Tiempo de lectura: 3 minutos

Cuando los sentimientos se meten hasta la cocina

Habían pasado algunas semanas desde la muerte de su madre y ella estaba a punto de tomar la decisión, sabía que al hacerlo todo cambiaría radicalmente. Siempre había vivido acompañada, a expensas de alguien, o para alguien. Siempre dependiendo del dinero, de la responsabilidad, de la compañía de otros. Cuidando, resolviendo problemas, satisfaciendo intereses, manipulada, usada, sometida. La verdad es que ya estaba harta y al tomar cartas en el asunto, dejaría todo y a todos atrás, no se arrepentiría nunca por haber actuado de esa manera tan egoísta. Su madre se lo decía siempre, tú no tienes corazón.

Además, nadie podía reclamarle nada. Ella había nacido y crecido en un hogar roto. Todavía recordaba cómo se sentía visitar casa de sus amiguitas y ver a las familias  sentadas juntas a comer o cenar: Mamá, papá, hermanos. Al hacer memoria se le atragantaba la comida. Ella no tenía una familia así. Su madre había abandonado a su padre cuando estaba embarazada, tras una monumental golpiza y después de recoger su orgullo hecho trizas, se había encargado de borrar cualquier rastro que quedara sobre la faz de la tierra, que estuviera relacionado con él o la familia de este. Ella creció entonces sin padre, hermanos, primos ni abuelos paternos. En un hogar a la mitad, y a veces ni eso, porque la madre se la pasaba trabajando para poder sacarla a ella y a sí misma adelante. Y cuando no trabajaba, prefería la compañía de otros hombres a la de ella.

Autor: Guillermo Peredo Rivera

¿Quién podía pedirle entonces que formara un hogar? Ella no conocía el verdadero significado de esa palabra. Un hogar hasta ahora era poner un esfuerzo sobrehumano para tener a todos los integrantes contentos, a pesar de que dentro de ella, hubiese un infierno. Un hogar era la satisfacción de los otros, a costa de la de ella.

Por eso cuando lo conoció, cuando lo miró por primera vez, dentro de ella estalló una tormenta. Primero el encuentro pasó desapercibido. Se había inscrito en un curso de cocina, para llenar un poco el vacío, para sentirse útil, para ser vista. Sin embargo para él, ese curso significaba la vida. Esa fue la magia que percibió antes que la pasión, el cariño y el amor. Para ese hombre la cocina era un arte, la practicaba desde que tenía memoria y ponía toda su alma en ello.

Asi, la vida siguió transcurriendo de manera ordinaria y los minutos y horas sólo tenían sentido para ella, los días de las clases de cocina. Al descubrir los primeros platillos realizados por las manos de aquel hombre, pudo darse cuenta de que en su vida, no existía nada que tuviera ese sentido, esa pasión, ese deseo. Y quiso para ella, un mundo así, un significado, una trascendencia.

Fue una tarde anaranjada de otoño en la que el maestro formó parejas, y que la suerte estuvo de su lado, cómplice, para que les tocara cocinar juntos. Gracias a eso, pudo recordar la casa de la abuela y el enorme cariño que ella le regalaba, junto con deliciosos platillos que juntas preparaban. De la cálida mano de ella llevaban al abuelo a su trabajo, horas y horas de arduo sacrificio, convertidas en alimento. Había otras tardes cálidas de primavera, en las que sentada en el suelo de la cocina, observaba atenta a la abuela, cómo vertía los ingredientes en diferentes cazuelas de barro, el olor a ajo, a hierbas, el agua hirviendo, la sal y la pimienta espolvoreada encima de los diferentes platillos. Las exquisitas tortillas hechas a mano y los sorbitos de cerveza y mezcal que de vez en cuando, y a escondidas, tomaban juntas.

Terminaron la clase y conmovida, estaba cargada de aromas y de recuerdos. Él, sensible y ávido, expuesto también a los sentimientos que evocan los olores, la invitó a cenar. Ella propuso que la llevara mejor a su casa, a su terreno y juntos podrían poner en práctica las clases aprendidas. Había sido mucho más atrevida de lo que  imaginaba, no esperó a que él lo propusiera, ella tomó la iniciativa, tal vez, por primera vez en su vida.

Llegaron a su casa, era justo como la imaginaba, llena de energía, aromas e historias. Las paredes, cargadas de cuadros, estantes repletos de libros y adornos de vivos colores. El piso forrado de tapetes de hilos bordados, lana, dibujos danzantes sobre telas acogedoras. Y la cocina…

Como la de la abuela…

Las verduras frescas acomodadas en enormes canastas, fruteros, ollas y hierbas colgantes. Una sinfonía de sentidos. Todo impecable y lleno de brillo.

Mientras pasaba las manos suavemente por cada rincón, no podía reprimir algunas lágrimas que ya rodaban por sus mejillas, mientras que él la observaba embelesado se iba acercaba lento y decidido, le dijo que hacía mucho esperaba el momento de tenerla allí, que la admiraba y que nunca la dejaría ir.

Óleo Guillermo Peredo Rivera

Cocinaron, entre aromas burbujeantes que emanaban de los diferentes guisos se besaron e hicieron el amor sobre los cálidos tapetes, en el piso, en la recámara, y por supuesto, sobre la mesa de la cocina. Con cuidado, el supo desnudarla, someterla, estremecerla cada vez que sus ganas la empapaban de deseo. El hombre la hizo sentir mujer, una y otra y otra vez.

Fue entonces que reconoció que el verdadero valor de la palabra “hogar” estaba dentro de ella misma, en su pasión, en sus deseos, en sus sueños, en sus anhelos. Se dio cuenta que si ella se sentía amada, podría entonces construir algo genuino para los demás. 

Han pasado 4 meses desde ese día y ella ha tomado una decisión, las manos de ese hombre sobre su cuerpo, el desenfreno que la hacen sentir, todos los líquidos que de ella emanan cada vez que la toca, no serán circunstanciales, sino momentos tatuados en su piel, que se quedarán sobre ella, muy dentro, toda la vida. Para siempre.

Y por supuesto, los aromas. Que le recuerdan los momentos más felices que ha vivido, como en la cocina de la abuela.

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