Día de muertos | Del Mictlán al paraíso

Conoces qué significado tiene la ancestral tradición de día de muertos en México desde la cosmovisión indígena

Fotografía: Abigail Medina @_magnolia_lm

Por Mario D. Kuma

Martes 2 de octubre, 2021, Ciudad de México

“La costumbre actual correspondiente al ‘Día de muertos’ se origina en el México prehispánico con el culto a los difuntos y más específicamente con los rituales mortuorios destinados a encaminar el “alma” del occiso hacia el espacio-tiempo de la muerte que le correspondía, a asumir culturalmente la degradación orgánica del cadáver, y a dirimir catárticamente el dolor de los vivos”

 Patrick Johansson

El Día de Muertos es una tradición mexicana que se festeja los días 1 y 2 de noviembre y aunque se trata de una tradición heterogénea, tiene en común la idea de que durante éstas noches, los difuntos vuelven al mundo de los vivos y se conmemora la ausencia física, pero no espiritual, de los seres queridos que, por desgracia han fallecido, se podría decir, que en México, ni siquiera la muerte es una excusa para seguir juntos.

Pero ¿Qué representa el Día de Muertos en México? El Día de Muertos representa la fusión de tradiciones prehispánicas y coloniales, además de honrar la memoria y el recuerdo de quienes ya no están a través de una fiesta que se celebra con algunas diferencias según la región, pero todas coinciden con la misma visión y apreciación de la muerte.

La muerte tiene un sitio especial en la cosmovisión de la mayoría de culturas mesoamericanas. En diversas regiones, los rituales y cultos relacionados con el tránsito a otra vida eran comunes en estas civilizaciones; el sitio al que iban los difuntos dependía de la manera en que habían muerto y por lo tanto, no existía el cielo y el infierno como en la tradición cristiana. En su lugar, el inframundo no era uno solo, sino un conjunto de sitios míticos para los pueblos nahuas. El inframundo de los aztecas por ejemplo, era el Mictlán, un lugar al que descendían todos los muertos por causas naturales después de sortear una serie de obstáculos. Para los mayas, el inframundo se llamaba Xibalbá y en ambas culturas, el acaído debía ir acompañado de un perro de raza xoloitzcuintle que fungía de guía y acompañante, de este modo, el alma de la persona fallecida, lograría librar un río subterráneo antes de llegar con el señor del inframundo Mictlantecuthli y otorgarle una ofrenda, a cambio de recibirlo en sus dominios, según las mitologías ancestrales.

Fotografía: Abigail Medina / @_magnolia_lm

Según el investigador, historiador y antropólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Patrick Johansson:

«En el mundo precolombino, lazos rituales continuos se mantenían con los difuntos. Los que habían sido “escondidos” por el Dios Mictlantecuhtli o que habían ido a atlan oztoc, “al lugar del agua, en la cueva”, intervenían en los actos importantes de la comunidad. Se invocaban para la siembra, la cacería o la guerra, se convocaban en el contexto de ritos mágicos, y se evocaban para distintos acontecimientos sociales como los nacimientos, matrimonios, etcétera. Los finados seguían participando espiritualmente de manera activa a la vida del grupo».

Nonantzin (Madre mía)
Nonantzin ihcuac nimiquiz, motlecuilpan xinechtoca, huan cuac tiaz titlaxcal chihuaz, ompa nopampa xichoca. Huan tla acah mitztlah tlaniz: -Zoapille, ¿tleca tichoca? xiquilhui xoxouhqui in cuahuitl, techochcti ica popoca.
Madre mía, cuando me muera, entiérrame junto a tu hoguera y cuando vayas a hacer las tortillas, ahí llora por mí. Y si alguien te preguntara: -Señora, ¿por qué lloras? Dile que está muy verde la leña y te hace llorar con tanto humo.                                       Nezahualcóyotl

Estas creencias se vieron transgredidas, despues de la invasión de los colonizadores españoles, los frailes, sacerdotes y autoridades eclesiásticas españolas, prohibieron celebrar cualquier rito mortuorio de los pueblos originarios (de la misma forma que el cristianismo lo había hecho previamente con cualquier pueblo considerado pagano) pues sin entender la compleja cosmovisión de nuestros ancestros, consideraban tales rituales como herejías, blasfemias y atentaban contra su discurso evangelizador, el cual, basa su control, otorgando indulgencias con el soborno divino del paraíso después de la muerte a cambio de sumisión y obediencia.

Fotografía: Abigail Medina / @_magnolia_lm

Desde ese momento, los colonizadores impusieron la celebración de dos fiestas cristianas integradas en el calendario litúrgico: el Día de Todos los Santos y el Día de Fieles Difuntos. De este modo, pretendían invisibilizar y sepultar la idiosincracia de los nativos, y ejercer una conquista cultural y física, por supuesto, en cierto modo, existió una resistencia, y el sincretismo entre las fiestas cristianas y las tradiciones prehispánicas vio nacer el origen que dio forma a la tradición actual.

Según Patrick Johansson, estas dos celebraciones cristianas “coincidían curiosamente, aunque en fechas distintas, con dos fiestas indígenas de muertos: Miccaühuitontli “Fiesta de los muertos pequeños” y Huey Miccaühuitl “Fiesta de los muertos grandes”. La coincidencia entre ambas celebraciones y su combinación, provocó que posteriormente, el Día de Muertos se celebrara el 1° de noviembre como la fiesta de los muertos pequeños (niñas y niños) y el día 2 de noviembre, como fiesta de los muertos grandes (las y los adultos).

Es necesario entender, que en esta celebración, la muerte no remite a una pérdida y tragedia; sino a una presencia aún después de la ausencia; la muerte es sólo parte de la vida y su trascendencia se materializa en un altar. En este sentido, se trata de una celebración que conlleva una gran importancia popular en tanto comprende a diversos ámbitos de significación, desde los filosóficos hasta los materiales.

El encuentro anual entre los vivos y sus ancestros cumple una función social considerable al afirmar el papel de cada individuo dentro de la sociedad. También contribuye a reforzar el estatuto cultural y social de las comunidades indígenas de México.

Finalmente el Día de Muertos se considera también una celebración a la memoria, un ritual que privilegia el recuerdo sobre el olvido.

«La muerte, no es algo que nos suceda, ella constituye nuestra existencia: Entre todas nuestras posibilidades, es nuestra posibilidad mas propia. Si empuñamos la angustia y asumimos que la muerte es en nosotros desde que somos, nos apropiamos de nuestra existencia, asumimos nuestra vida finita como posibilidad y proyecto, como apertura y libertad» Martin Heidegger

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