El disfraz de la muerte

Benigno Matamoros de Miquiztlán el Chico busca el favor de la muerte para que lo salve de aquellos que buscan matarlo ¿Lo conseguirá?

Por: Marco Antonio Cornejo

Viernes 22, de octubre, 2021, México

Mi pueblo natal es Miquiztlán el Chico, está situado, o mejor dicho, extraviado en la zona más cálida y seca de Jalisco. Nunca entendí por qué se llama así, ni siquiera existe Miquiztlán el Grande. Eso sí, creo que el nombre tiene que ver con la muerte, por lo que se deduce que el producto local es la muerte chiquita….Ha de ser por el calor. Por lo demás no hay gran cosa: nueve hileras de casas rojizas, la iglesia con su panteón, un montón de perros flacos y gente que se abandona a lo que el destino decida para ellos. Sin embargo, en este pueblo dejado de la mano de dios, uno tiene la oportunidad de cambiar ese destino una vez al año, en los primeros días de noviembre. Según cuentan, en esas fechas la Muerte visita el pueblo disfrazada de alguien que necesita ayuda: un niño perdido, una anciana pobre o un viajero herido, es imposible saberlo con certeza. Si le ofreces tu ayuda, respetará la vida de tus seres queridos, les devolverá la salud, o incluso prolongará tu vida misma. Sé que es una leyenda común en México, pero les aseguro que en Miquiztlán es real. Lo sé porque yo encontré a la Muerte ahí hace tiempo.

— Te andan buscando, Benigno Matamoros.

— ¿Quién, tú?

— El Alacrán. Así que yo en tu lugar me iba a confesar.

Yo no me entendía bien con los curas, pero era un buen consejo. El Alacrán era un famoso sicario y me buscaba porque yo le debía dinero a la persona equivocada. Tarde o temprano me encontraría. Y por desgracia, mi apellido no era Matalacranes. Necesitaba un milagro para salvarme. Lo bueno es que sabía dónde encontrarlo. Regresé a mi pueblo justo en vísperas del Día de Muertos. Y de inmediato puse manos a la obra:

—Disculpe, señora, ¿Es usted la muerte?

— No, pinche loco.

—¿Ocupa mil pesos? Mire, es dinero del bueno.

— ¡Déjeme en paz!

Descubrí que hay tantas personas necesitadas como ánimas en el purgatorio. También descubrí que el dinero no es la solución para ese problema. Entonces invité a todos los pobres que encontré a dormir en mi casa, ninguno quiso ir; busqué por la carretera muchachas vestidas de blanco, pero sólo veía cruces por todos lados; le ofrecí juguetes a los niños en la escuela… esto último sí fue una muy mala idea, sus papás me corretearon un buen rato. ¡Qué difícil se ha vuelto ayudar en nuestro país! Hay tanta desconfianza. Supongo que por buenas razones. Yo hice todo lo que pude. Incluso apedreé a un perro que le ladraba a un joven que, por haber perdido sus llaves, se vio en la necesidad de saltar la barda de su casa. Al pobre le urgía llevar a reparar su televisión para no perderse el clásico de clásicos.

Cuando llegó el dos de noviembre, estaba seguro de que la Pelona me haría el favorcito. Había ayudado, o intentado ayudar, a todos en Miquiztlán el Chico. Por último, como tributo final, me fui para el panteón del pueblo, dispuesto a velar toda la noche por si algún alma extraviada necesitaba de mi luz. El camposanto tenía una atmósfera de ensueño: había cirios encendidos sobre cada tumba, bellas figuras formadas con aserrín pintado, ramos de cempasúchil que combinaban su aroma con el de exquisitos platillos, pero lo más cautivador era ver a las familias reunidas, demostrando que el amor sobrepasa a la muerte. Pensé: “ojalá alguien me recuerde así cuando me muera”. Juré cambiar mi vida. Me enfocaría en ser feliz y hacer feliz a las personas que me rodearan. Cuando por fin salí de mis pensamientos, el panteón ya se había vaciado y vi como un perro se robaba la comida de una tumba.

— ¡Sáquese, animal profanador! Esta comida es para los difunt…

—Haces bien en preocuparte por los difuntos, Benigno Matamoros. Cuando te pique serás uno de ellos.

Un escalofrío me recorrió toda la espalda, y donde ésta cambia de nombre también. ¡El Alacrán me había encontrado y amenazaba con apuñalarme! Sin embargo, yo sabía que la Muerte estaba de mi lado, me salvaría en el último minuto. De eso se tratan los milagros, ¿No? Caminé directo hacia el matón, me pare justo enfrente de él, lo miré a los ojos y le dije con voz viril y profunda: “Tú me la pelas, hijo de…”. No terminé la frase. Un mareo me tumbó de espaldas y el frío empezó a apoderarse de mi cuerpo. Llevé mi mano al estómago y cuando la vi estaba bañada en sangre. Miré hacia el cielo, preguntándome qué había fallado. De pronto, la imagen del perro que ahuyenté minutos atrás se interpuso entre mi vista y las estrellas. Era negro, chato y con ojos de color ambarino. No era un lobo con los ojos en llamas, ni siquiera un mítico Xoloescuincle, tan sólo era un perrito mestizo como hay tantos abandonados en las calles de Miquiztlán y todo México. No supe si fue porque estaba muriendo, pero escuché que me dijo:

—Con tan sólo un gesto de verdadero cariño, yo te habría ayudado.

—Pero… todas las personas que ayudé, mi propósito de cambiar ¿No valen?

— Si lo valen, Dios te lo tomará en cuenta. Yo debo llevarte ahora.

Morí. Mas no fue tan malo. El perrito me llevó a un lugar donde puedo descansar.

Así que ya lo sabes, si buscas un milagro visita Miquiztlán el Chico. Y tal vez debas llevar un saco de croquetas. Siempre sé para los indefensos el milagro que buscas para ti.

Sobre el autor

Marco Antonio Cornejo Mijares. Escritor mexicano. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Como escritor se especializa en la literatura fantástica. Ha colaborado con cuentos para las editoriales Caligrama y Ágora entre signos; con poesía para la revista Ágora del COLMEX.

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