La vida es como una flor

Una joven queda cautivada por un apuesto y misterioso extraño, cuando una noche sorpresivamente llega a la puerta de su casa el misterio estará por develarse

Por: Juan Adán Morales Cortés

Martes 20 de octubre, 2021, San Luis Potosí, México.

La primera vez que lo vi fue en el mercado República en el puesto de doña Griselda, y lo que me sorprendió de él a pesar de sus seis calabazas de octubre, y un ramo de cempasúchil, fue su acento pudiente en castellano y su traje de etiqueta con su distinguido sombrero de copa. Debía de ser las dos pasado meridiano, porque los niños de la escuela primaria «Ferrocarriles Nacionales» pasaban con sus libros en mano correteándose entre sí sobre el pasillo principal del mercado, dejando caer mandarinas y cañas. Nadie había comprado tanta calabaza. «Tal vez tenga un restaurante o hará para vender» pensé, cuando aquel hombre distinguido se marchaba con paso elegante viendo a los otros puestos. Al tercer día sin la necesidad de pensar en aquél, apareció de pronto en el mercado con el mismo traje, sonriente que parecía alegre, en el mismo puesto comprando seis calabazas y un ramo de cempasúchil fresco. Tardó un poco más que la vez anterior, pues parecía disfrutar de la plática con Griselda de como plantarlas hortalizas en el mes de julio o como elaborar pan de muerto. Así que, sin darme cuenta qué se había marchado por la clientela en mi puesto, me imaginé su despedida a como llegó, lleno de ímpetu jovial y elegancia.

– ¡Que tal Gris!, ¿Cómo están las ventas?–dije, al acercarme al puesto de enfrente.     – Bien–contestó Griselda contando el dinero en sus manos –¡Muy bien diría yo!

La verdad era que no me importaba las ganancias de ella, más bien sentía interés por él. Un interés que me comía por dentro por saber su nombre, su gusto por las fechas próximas y quizás, si iba a volver.

– Pero cuéntame ¿Cómo te va a ti? –preguntó Griselda guardando el dinero en uno de los bolsos de su delantal, y me sonrió. – Las ventas van bien, días malos como días buenos –señalé, y no dije nada más.

Esa noche al llegar a mi casa lo primero que hice fue consultar el calendario que yacía en la cocina, y conté tres días seguidos que marqué con la punta de mi dedo el 2 de noviembre de 1984. No me sorprendí, pues ese día era ligero y cotidiano. No tenía familiares muertos y lo peor de todo, vivía sola. Prendí la televisión para descansar un rato, y una voz de mujer anunciaba la nueva tienda de abarrotes en una avenida principal de la ciudad cuando llamaron a la puerta. Encendí la luz de afuera y la abrí a la par. Era él, vestido de luto con su sombrero de copa y su radiante sonrisa, llevando en su mano derecha una olla de agarradera en la cuál flotaba algo carnoso.  

– Hola, buenas noches –dijo –. Soy Antonio de Mendoza, su vecino. Perdón por el inconveniente de interrumpir sus quehaceres, pero me surgió una desgracia. Y le vengo a pedir un favor, claro, si usted quiera.

Hubo una pausa. Ambos nos miramos a nuestra manera de como encontramos la situación. Antonio miraba con una sonrisa sutil y en sus ojos, pude reflejar una silueta atónita, sorprendida y perpleja ante la gran sorpresa del invitado que tocó la puerta.

– Claro, comprendo que llegue sin avisar –continuó de Mendoza sin perder su castellano pulcro –. Mis disculpas por la molestia, no volverá a pasar. – ¡No!– dije, justo antes en que Antonio se volviera –. ¡No!, no hay problema.

Lo dirigí a la cocina con la amabilidad que me fue posible, más que a la señora parlanchina que me cobraba la renta (en modo de rebaja en algunos centavos). Y puso la olla en la estufa y le dije el truco de cómo prender la llama de inmediato. Se enderezó y miró al líquido carnoso con decisión, con sentimiento y dijo:

– Al rato paso por ella. No sé preocupe que yo sé cuánto tiempo tarda.

La noche era más oscura y las ansias de decirle «quédese», no me dejaban pensar en otra cosa. Al fin de cuentas perdería la emoción si aún así se lo contaba. El reloj de la pared de la estancia sonó fuerte y sordo, marcando nueve campanadas mientras seguíamos platicando. 

– Hace tiempo le perdí miedo a la muerte –dijo Antonio de Mendoza con nostalgia, agarrando una tasa de porcelana llena de café negro –. Que si llego a morir ahora, créame, me daría el placer más inmenso de esta tierra. – ¿Por qué? –pregunté, igual de nostálgica que él –. Digo, ¿Por qué sería un placer morir?    – La vida es como una flor. Las flores, una rosa, un cempasúchil. Brotan de una pequeña semilla y no saben que la luz del sol las espera para crecer, se convierten en adolescentes y ahí, en brotes empiezan abrir sus pétalos ,hermosos y bellos…La calabaza en tacha ya está lista para comer, y si no le molesta quisiera un poco en estos momentos. ¡Usted también puede servirse si quiere!.

El 2 de noviembre me recibió con una mañana soleada. El olor a su perfume a tabaco impregnaba la casa tan bien que hacía juego con los muebles viejos, y en la cocina, el aroma a calabaza dulce llenaba el estómago más que el desayuno. Miré el calendario, y hoy lo iba a ver en el puesto de Griselda por tercera vez pero sabía que no sucedería. Antonio de Mendoza estaba muerto. Él me lo dijo el 30 de octubre de 1984 en mi casa, comiendo lo único que podía probar con la única flor que podía oler. Y en esos instantes el reloj sonó antes del meridiano dándole vida a la estancia. Caminé hacia el altar. La cazuela de barro dónde había puesto calabaza en tacha estaba vacía, el pan de muerto comido y la fruta a medio masticar. Las flores parecían olidas por los recuerdos del dolor, salvo una, «La vida es como una flor» dije, mientras afuera se encontraban en fiesta antes de marchitarse.

Sobre el autor

Juan Adán Morales Cortés, a sus 23 años de edad y radica en Soledad de Graciano Sánchez, San Luis Potosí. Ha colaborado en meses anteriores en otras convocatorias en otras editoriales, como Family Awake e Istak Axolotl, en las cuales han quedado mis escritos. Actualmente ha surgido la idea de empezar su novela, de ciencia ficción. Sigue leyendo y aprendiendo, y sobre todo ayudando a los demás en lo que puede.

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