Pequeño corazón de flor

Yoloxóchitl una pequeña niña que ha crecido escuchando las historias y tradiciones de su abuela se ve envuelta en un viaje maravilloso con un final inesperado

Por: Diana Laura Contreras Cortés

Sábado 16 de octubre, 2021, Tlaxcala, México

Yoloxóchitl, una niña muy curiosa, orgullosamente mexicana, escuchaba maravillada las palabras de Nana Ameyali mientras juntas veían la luna. Cada noche su anciana y querida abuela le narraba la historia de los orígenes de este lugar y Yoloxóchitl estaba orgullosa de la valentía de hombres y mujeres que cuidaban sus raíces, saber su historia la embriagaba de felicidad y fuerza.

A Nana Ameyali le gustaba tanto que su pequeña nieta disfrutara de estos momentos de memoria. Su hermosa niñita de piel tostada recibía poco a poco una herencia invaluable, escuchaba atenta mientras extraños alebrijes revoloteaban en sus hermosos ojos profundos como la noche, aunque de un majestuoso color café.

Había días en que parecía que esas historias cobraban vida, por ejemplo, cuando las narraban en el día de muertos. Y aunque ahora esta tradición se trataba de una mezcla interesante de cultura, su pequeño corazón de flor se abría para dejar descansar sobre sus pétalos la felicidad al saber más sobre sus ancestros.

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Cuando la historia de la noche del día de muertos se terminó, Yoloxóchitl se metió en la cama y comenzó a soñar. En este poco conocido y casi nada explorado mundo caminó largo rato siguiendo un sendero de pétalos de flores que reconocía muy bien. Se desprendían del  vestido de la hermosa Cempoalxóchitl quien la acompañó hasta llegar al lugar donde reposaba el Viejo del Agua, el anciano ahuehuete.

Este sabio árbol le cantaba muy lento en su melodiosa lengua náhuatl, pronto su canción se transformó en llanto. El efecto era demasiado relajante y la pequeña, más adormilada que antes, siguió caminando.

El llanto del Ahuehuete cesó y en su camino comenzó a sonar una música muy alegre que invitaba a bailar. Siguiéndola llegó al corazón de Xochimilco donde bailaba Centéotl, la diosa del maíz.  Rodeada de hombres y mujeres formados por la misma semilla que con  fervor y respeto le ofrendaban.

Yoloxóchitl no quería perturbar la escena y se debatía entre esperar a que terminaran de bailar, si alguna vez lo hacían, o pasar discretamente entre ellos. Próxima a ella, como si alguien tratara de ayudarla, se acercó lentamente una chinampa cubierta de flores.

Se subió a ella y mientras avanzaba vio en el agua su reflejo y a  su lado el de una majestuosa pareja de volcanes: Popocatépetl y su  hermosa mujer dormida, Iztaccíhuatl. Maravillada escuchaba el suave  latir de los corazones de los volcanes, parecía que sufrían, la piedra de sus cuerpos se resquebrajaba y rodaba cuesta abajo hasta fundirse en el agua y repentinamente Popocatépetl comenzó a moverse, intentaba levantarse y sabiendo que no podía se echó a llorar. Una enorme fumarola negra inundó el cielo.

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Su contemplación se vio interrumpida por dos curiosas criaturas que asomaron la cabeza rompiendo el reflejo. Un pequeño axolotl y el perro de aguas que se lleva a los hombres, ahuízotl, la acompañaron hasta que los primeros rayos del sol amenazaban con sacarla de su hermoso sueño.

Quería averiguar qué más podría encontrar si cambiaba su rumbo, la  extensión de esa tierra de sueños propios, formados con las palabras de su abuela yde las demás personas mayores. Lograría descubrir todo ello algún día, o alguna noche. Lo único que necesitaba era el arrullo que brotaba como un delicado río de los  labios de la abuela.

Yoloxóchitl algún día sería adulta, quizá decidiría tener hijos y  formar su propia familia transmitiendo este conocimiento y  construyendo un nuevo legado para impedir que las raíces dejaran de extenderse, que nuestros orígenes se entierren en el pasado  justo como nuestros antiguos dioses y los magníficos templos de éstos.

El tiempo en sus sueños, más fugaz que el que vive un hombre, no le dio tregua para darse cuenta de cuán lejos se encontraba de la realidad, y en una nueva y distante noche del último día de muertos que pasó con su abuela se apareció la misma Ameyali entre los hombres y mujeres que bailaban eternamente. Entre ellos y sin palabras le llevó caminando hasta una Cuna donde maíz de diferentes colores se mezclaban, gigantes la pisoteaban y escupían. Yoloxóchitl no entendía nada, la escena era  horrorosa, el rostro de Ameyali estaba serio. 

Photo by Mikhail Nilov on Pexels.com

Tres grandes seres surgieron de la nada y atacaron a estos gigantes. Eran Quetzalcóatl, Mictlantecuhtli, y Xolotl, dioses de la vida y  la muerte. Defendieron la Cuna y se esfumaron en un susurro dejando en el ambiente un olor característico de la temporada.

Fue entonces que Ameyali pudo hablar, le cantó como cuando era pequeña anunciando la hora de dormir aunque esta vez le cantaba para que durmiera profunda y eternamente. Le indicó que se acostara sobre las hojas de mazorca que estaban desperdigadas en el suelo junto a los pétalos de cempoalxóchitl y cerrara los ojos. Un xoloitzcuintle enviado desde luego por el dios  Xólotl montaba guardia al lado de la Cuna de la Nación, esperando que Yoloxóchitl descansara en paz. Esa Cuna donde descansaremos quienes  sabemos a dónde pertenecemos. Donde nos espera un xoloitzcuintle  montando guardia listo para guiarnos a la vida del más allá.

Descansa en paz, pequeño corazón de flor.

Sobre el autor

Diana Laura Contreras Cortés, su gusto e interés por la lectura y escritura creativa la han motivado a participar en concursos de ortografía y narrativa, gracias a ello obtuvo el Primer lugar en el Cuarto Concurso de Cuento convocado por la Universidad Iberoamericana Puebla en el año 2015. Su familia, amigos y libros favoritos son todo el apoyo que necesita para salir adelante. Toda experiencia vivida le ha dejado una enseñanza que le permite crear algunas de sus historias.

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