Horas contadas | Relato

Por: Aura Vilchis

Miércoles 1 de septiembre, 2021, Ciudad de México.

Te levantas en lo que parece ser un día normal, llevas a cabo tu rutina, es un día aburrido, pero eso no significa que continúe así, quizás puede ser el último.

Un molesto ruido me sacó de mi sueño, era de hecho una pesadilla, de esas que te dan cuando estás ansioso o haz cenado demasiado la noche anterior. El ruido proviene del despertador. Son las siete en punto, como cada mañana, mi hora de interrumpir el sueño para vivir un día de rutina que pocas veces me genera una satisfacción mayor, pero en resumidas cuentas en eso consiste ser un adulto promedio. Estiro la mano, buscando a tientas el botón de apagado. “Cinco minutos más”, me digo. Vuelve a sonar a las siete con cinco, aún no me siento con ánimos de abandonar la seguridad y tibieza de mi cama. Lo apago de nuevo. A las siete con diez minutos me rindo, me siento a la orilla de la cama, contemplando nada en particular, esperando a que la maravilla que es mi cerebro funcione.

Es tiempo, deprisa, deprisa, deprisa. Se hace tarde, detesto llegar tarde, detesto caminar rápido y transpirar; Lo que a mí me gusta es tomarme el tiempo para andar, ir de aquí hacia allá despacio, contemplado, pensando, y a veces sobre pensando, a veces eso es un problema. Me gusta llegar con tiempo a la estación del Metro y rechazar los vagones que van muy llenos en espera de un buen asiento, o al menos  un asiento, no hay que ser tan exigentes. Soy un ser de pasos lentos y mucha contemplación, en general diría que disfruto mis trayectos, excepto por unos pequeños tramo en mi ruta, pero…  “¡Dios mío las siete veinte! ¿Cómo carajos avanza tan deprisa el reloj por las mañanas? Me pongo los pantalones, la camisa, me calzo los zapatos y ya son las siete cuarenta y cinco. Hago café deprisa y lo bebo rápido, quemándome la lengua. El reloj marca las ocho en punto. Me sudan las manos. Tomo mi mochila, busco mis llaves, echo el seguro y salgo a la calle.

La brisa de la mañana me refresca, quizás demasiado. Camino con cuidado, sin prestar mucha atención, porque eso es lo que uno hace después de haber vivido medianamente. La parada está ahí, un par de personas esperan la suburban también. Es hora pico, es decir, un montón de adultos viviendo vidas insuficientes, con cabezas llenas y los bolsillos parcialmente vacíos. Sí, el transporte siempre va a reventar de todas esas almas pasajeras, pasajeras de las suburban y de sus propias vidas.  Los asiento se ocupan en un pestañar, los más intrépidos se arriesgan a ir de pie, casi volando en cada tope o bache del camino.

Yo odio esta parte en mi trayecto, odio la velocidad y los autos, pero no hay manera, debo tomar cada mañana esta ruta. “Es una tontería”, pienso. Pero mucha gente muere en accidentes de carretera, salen volando por el parabrisas y los paramédicos tienen que seguir el rastro de sangre para recuperar los pedazos de carne esparcidos por todo el concreto, rostros irreconocibles miembros cercenados, muerte. Siento mi estómago endurecerse. Ahí está  esa otra voz que siempre me molesta, la que surge de mi ansiedad en los momentos de tensión, la que me dice que meta el pie bajo las sábanas cada noche para que los monstruos debajo no me lo arranquen a mordidas, la voz de mis miedos más profundos, concebida desde mi más tierna infancia, esa voz que nunca maduró, o quizás sí, pero inyectarla de madurez y realidad la hizo más mórbida y aterradora.

La suburban se aproxima, pintada de blanco y con una franja verde, como todas. Está a unas dos calles, suspiro como señal de resignación, quizás este sea uno de los choferes buenos, por choferes buenos me refiero a los que los demás pasajeros llaman “tortuga”. Son las ocho y diez, en fila sube primero una chica con cazadora rosa, seguida de un tipo de cabello castaño y en el último asiento disponible me siento yo, justo en la parte trasera, odio esos lugares, la velocidad se siente mucho más ahí y cada tope te sacude los huesos. Los asientos son para cuatro personas, o al menos eso dice en la señalización, pero siendo bien honestos son para cuatro personas, sí, pero de complexión casi anoréxica,  y el espacio que queda para sentarme es una pena, una sola de mis nalgas cabe ahí, lo demás se distribuye sobre la nada. Con gran incomodidad me siento, tratando de hacer espacio donde sé perfectamente que nunca voy a caber, una señora de vestido marrón y unos 50 kilos por encima de lo sano, me mira ceñuda. Lamento molestarla, pienso de mal talante, pero sus dos nalgas que equivalen a cachetes de cerdos engordados para el matadero, están ocupando el espacio por el que tengo de pagar. No digo nada, por supuesto, sólo busco la forma de encajar.

La suburban arranca,  y en ese primer movimiento sé que no es uno de los choferes “buenos”, acelera tan bruscamente que siento que mi cabeza se desprendió del cuello y quedó atrás, pero sólo es el vértigo. Todo afuera se vuelve un manchón colorido borroso, las siluetas se desdibujan como acuarelas manchadas. Pasa los topes como volando, mientras todos saltamos incontrolablemente en nuestros asientos, me empiezo a resbalar constantemente, no tengo ningún punto de apoyo. Me aferro a mis propias rodillas, siento el sudor corriendo por mi frente. Nadie dice nada, yo tampoco, maldita y estúpida presión social, aunque un tipo con gorra y lentes de sol va inconfundiblemente dormido, no parece que casi saltar 30 centímetros cada vez que libramos un bache altere su sueño.

Los baches, los malditos baches se sienten como un campo minado, una madre con su pequeño sentado sobre sus piernas lo sujeta con fuerza, pero no hay palabra que salga de su boca. Sólo es una molestia menor para la mayoría de ellos. Yo empiezo a sentir náuseas, me sudan las manos y me quiero bajar, pero el miedo me lo impide y  raramente, por la lógica también, cada mañana es lo mismo y no pasa nada, resulta tan normal para el resto que me obligó a tomar la situación con lo hacen los demás. ¿Qué hora es? Las ocho y treinta “Nada pasará”. La suburban frena de repente, casi salgo despedida hacia el frente. Una chica asoma su cabeza por la puerta y pregunta si hay asientos disponibles, “No” Contestan algunos, ella parece azorada, pero se echa para atrás y la puerta se cierra, Esperará a la siguiente. Yo pienso que es afortunada, quizás le tocará uno de los buenos.

Arranca de nuevo con imprudencia, un muchacho que llevaba la cabeza dando tumbos se golpea con el vidrio de la ventana, chaquea con la lengua y se ríe con vergüenza. Estoy al borde de escupir bilis por los nervios. Conforme más avanza más ganas de bajarme tengo, este no sólo es uno de los choferes malos, es el peor, un simio manco conduciría mejor, acelera y frena sin el menor cuidado, cual una maldita bestia sin estudios, pienso.  A nadie parece importarle, sólo yo estoy cagándome del miedo. “Odio la velocidad, odio la velocidad, odio la velocidad”.

Llegamos  a la peor parte del camino a las nueve menos cinco, un eje vial sin ningún tope, varios desniveles y una curva muy cerrada. Perfecto, vamos a morir “pienso amargamente”. La camioneta va volando, tan sólo puedo sentir la vibración cada que cambia las velocidades mientras acelera. Los árboles se convierten en diminutas manchas borrosas, veo una y otra vez como rebasa autos, camiones, camionetas. “Oh no, vamos a morir, esta vez nos volcaremos”. Imágenes de una imaginación muy inquieta y macabra inundan mi mente. La suburban perdiendo el control, las personas saliendo despedidas por las ventanas, cuerpos arrastrándose por el pavimento, fierros retorcidos, pedazos de carne humanada chamuscada por la fricción con el pavimento. “Basta, basta no pienses en ello, por favor que nada malo pase, por favor que nada malo pase, por favor que nada malo pase”. Está tomando la curva, y siento como la camioneta se sacude, no la ha tomado muy bien, y entonces pienso que es el fin. Estoy a punto de llorar, y entonces se estabiliza, dejamos la curva atrás y empieza a aminorar la velocidad. La gente que antes parecía indiferente también se relaja, al parecer uno que otro también estaba nervioso.  Hay un tope delante, y luego un semáforo. Lo cual marca para mí una zona segura. Hemos pasado lo peor del trayecto, es un lugar seguro, pasa el tope y la camioneta se detiene, seguramente porque el semáforo está en rojo. Doy un largo suspiro, recobrando la calma. “Sobreviví, ya ha pasado lo peor, ya estamos en zona segura”.

Miro el reloj, las nueve y cuarto, es buena hora, sonrío. Para que me preocupe tanto, no es más que otro día como cualquier otro, ya pasó. Mi cuerpo empieza a relajarse y los músculos se van aflojando. Aquí ya no hay de qué preocuparse.  Siento un golpe, una sacudida muy fuerte, el sonido del metal compactarse por un impacto de muerte. Los cristales se rompen, el metal se retuerce, mi cabeza gira sin control y mi cuerpo sale despedido, roto, quebrado, sin sentido, sin forma. Y estoy muerta, todos lo estamos, y el reloj sigue marcando las 9 y cuarto. Los bomberos sacarán lo que queda mi cuerpo de entre los fierros retorcidos. El chofer de un camión de volteo se ha quedado dormido, se ha impactado contra la suburban completamente detenida, esperando el verde del semáforo en una zona segura. Y se acabó. El reloj se detuvo.

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