El muro | Relato

Una chica camina de vuelta a casa en lo que parece ser una noche normal, sin embargo, al toparse con un grupo de sujetos a mitad de camino, la carrera empieza, ahora es correr para salva la vida, aunque tal vez no sirva de nada.

Por: Aura Vilchis

Martes 29 de junio, Ciudad de México.

Camino de regreso a caso arrastrando los pies, una mancha de café decora mi camisa blanca, suelto mi cabello del chongo apretado que lo sujeta, por política de la empresa no podemos portar el cabello suelto. Me duele la cabeza y siento mi cara tirante de tantas sonrisas fingidas a clientes de caras aburridas.

Es cerca de medianoche, siento mi cuerpo moverse, pero mi mente no presta atención al camino, tengo el sueño atrasado de varias semanas. En la Universidad estamos en época de finales y tengo kilos de tarea acumulada, conversaciones de WhatsApp sin responder, grupos de Messenger con mis 5 equipos de clases, tres libros por leer y eso sin contar los montones de copias que debo estudiar para mañana. De sólo pensar todo esto mi cansancio aumenta, dormiré poco, eso seguro. Por ahora sólo camino, los autos transitan con amplio rango de distancia los uno de los otros sobre Avenida Revolución, los restaurantes locales han cerrado ya, sólo algún puesto de tacos sigue abierto, y pocas personas comen en banquitos, son como pequeñas islas de luminosidad en medio de la negra noche de julio.

Sigo mi camino y doy vuelta a la izquierda, una calle, dos calles, luego a la derecha y de nuevo a la izquierda en la siguiente esquina,  conozco el camino de memoria, paso la tienda, la cafetería orgánica, el mercado, todo está como debe, parece que el tiempo no pasa por aquí, es un lugar olvidado.

Divisó a la distancia a un grupo de tipos que están haciendo una pinta en el muro de una primaria, se están riendo, se pegan con los codos los unos a otros. Cuando se dan cuenta de mi presencia se me paraliza el corazón, me imagino en la primera plana de los periódicos amarillistas de la mañana siguiente: “Muere apuñalada, en la Escandón, no hay ningún sospechoso”, me doy prisa a volver sobre mis pasos, las risas se hacen más intensas, me silban y gritan que vuelva, intento no mostrarme asustada aunque mi corazón va a mil por hora. A una calle está el parque, podré acortar camino por ahí, será cosa de atravesarlo rápido. Tan solo debo caminar una calle más y llegaré al edificio. Apresuro el paso, me duelen las pantorrillas, miro sobre mi hombro y no veo a nadie seguirme, eso me tranquiliza un poco, pero siento en mis venas la adrenalina correr, estoy lista para salir pitando en cualquier momento.

Llego al parque, me detengo antes de entrar para mirar a mi alrededor y asegurarme de que nadie me siga, lo único que veo son las ramas de los árboles menearse por el viento, cuando de repente el sonido de un aullido lejano y cercano al mismo tiempo me eriza la piel, pero no es el sonido de un perro, es humano, bestial; con el corazón a punto de salirse de mi pecho me adentró en el parque caminando lo más aprisa que puedo, algo de mi dignidad estúpida me impide correr, al mismo tiempo que camino volteo a cada tanto para mirar detrás de mí, no veo a nadie, aunque eso no significa que no estén por ahí, acechándome como hienas a punto de atacar, desgarrar y matar.

Estoy a la mitad del parque, la única farola que funciona ilumina un muro de frontón verde desvaído, enmohecido por la lluvia, la luz de la farola titila, me detengo de espalda a la pared para observar de nuevo a mi alrededor, no veo ni escucho nada raro, siento el calor subir apresuradamente hasta la coronilla, sólo escucho los grillos cantar y un pitido en mis orejas, estoy hiperventilando. Me doy la vuelta para seguir mi camino, el titilar de la farola atrae brevemente mi atención,  en el muro hay escrito con tinta negra lo que parecen ser letras al azar, alcanzo a leer en voz baja: “Retrap loem fou”, lo cual no tiene ningún sentido para mí. No me detengo a analizarlo, las ramas de los árboles crujen sobre mi cabeza, sobresaltándome, y ya sin ningún pudor echo a correr.

No sé de dónde he sacado la condición física, pero llego hasta la puerta del edificio, las llaves se me atoran en los jodidos pantalones, siento que están detrás de mí, con la manos como garras estiradas para cogerme por la gorra de la sudadera y matarme sin piedad, y mis manos más torpes que nunca no dan con la llave correcta y cuando encuentran la llave no dan con la maldita cerradura, y yo siento que están sobre de mí. Atino a la cerradura, giro la llave y la puerta se abre, entro como loca, cierro de un portazo, el cristal del vidrio repica, pero no se rompe, la luz del corredor se enciende, miro hacia fuera, pero lo único que percibo es la oscuridad. Me doy la vuelta y subo corriendo las escaleras, hasta llegar a mi departamento, ya adentro echo todas las cerraduras, cierro las ventanas no sin antes mirar hacia la calle, no hay nadie, allá fuera nada pasa, nadie me seguía, no hay ni un alma, se escucha lejano el aullido de un perro. Mis músculos se relajan poco a poco, cojo el móvil, le escribo a una amiga, le digo la locura que acabo de vivir y me rio nerviosamente.

Son cerca de las 3 de la madrugada cuando me quedo dormida, mis sentidos siguen al cien, y por eso me despierta el chirrido de la puerta cuando se abre. Sé que es la puerta de la entrada porque me he quejado por meses de ese horrible rechinar, abro mis ojos de golpe, la puerta de la recámara está cerrada, pero escucho pisadas en la sala. Se me hiela el corazón, quiero gritar, moverme, hacer algo, pero estoy literalmente congelada, seguramente esos lunáticos me han seguido, esperado a que todos duerman y baje la guardia para venir a joderme, cuando logro moverme mando un mensaje de ayuda a mi amiga. Marco el 911, mis piernas todavía no me responden, suena el primer tono; aguzo mi oído, afuera se escuchan pisadas pesadas, una sola persona, segundo tono; las pisadas se escuchan más cerca, arañazos sobre el espejo en el corredor, tercer tono; veo la sombra de algo parado detrás de la puerta, uno, dos, tres golpes y la puerta se abre, no es humano…“Cain vout rope Dimoe”, el grito que está por salir de mi garganta no se escuchará jamás… “911 cuál es su emergencia…bueno, hay alguien ahí, bueno…”. La policía llega a las siete de la mañana del día siguiente, cuando mi amiga despertó, vio mi mensaje, después de llamar mil veces y no tener respuesta llamó a la policía, la puerta abierta de par en par, y un cuerpo sin vida sobre la cama, no hay sangre, no hay signos de violencia, la muerte: “desconocida, presunto ataque cardiaco” y en la pared, sobre la cabecera de la cama tallado con algún objeto filoso “Cain vout rope Dimoe, Cain vout rope Dimoe, Cain vout rope Dimoe”.

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