No hay justicia para los olvidados | Ensayo

Por: Aura Vilchis

Foto principal: Carmela Hernández

México es un país marcado por la injusticia social y la indiferencia de sus gobernantes en complicidad con ciudadanos y ciudadanas de laxa moral, que segregan, destruyen y olvidan a quienes deberían proteger.

28 de mayo, 2021, Ciudad de México

Nuestra época recuerda la de la decadencia griega: todo subsiste, pero nadie cree ya en las viejas formas. Han desaparecido los vínculos espirituales que las legitimaban, y toda la época se nos aparece tragicómica: trágica porque sombría, cómica porque aún subsiste.

Soren Kierkegaard, O lo uno o lo otro

Seré concisa, la Justicia en México se ha convertido en un espejismo, una ilusión social creada por nuestros gobernantes indolentes y apáticos, corruptos y criminales; sin el menor aprecio o conocimiento de la vida de las personas a las que gobiernan: de sus necesidades, sus rutinas diarias, sus temores, sus frustraciones, etc. Vivimos bajo una pseudo democracia ignorante y rapaz. Lamentablemente, dicho espejismo, ha sido también, representado por ciudadanos y ciudadanas que bajo una laxa (o inexistente) moral y ética cometen todo tipo de atropellos contra sus conciudadanos ¿La excusa? El dinero ¿El vehículo? Estar en una posición de poder, por mínima que se; desde los funcionarios públicos de las altas esferas del poder, hasta el señor del mercado que altera su báscula para que pagues lo mismo, por menos producto.

Y estos actos de corrupción ejercidos los unos contra los otros han engendrado recelo, odio, racismo y desconfianza. La culpa es del Gobierno, sí, por supuesto, pero cómplices hemos sido todos (o al menos la mayoría) de una u otra forma, nos formamos en una sociedad individualista, lejana del bien común y el amor al prójimo, como Edgar Morín escribió «El desarrollo del individualismo conduce al nihilismo, y éste suscita una aflicción: la nostalgia de la comunidad desaparecida, la pérdida de los fundamentos, la desaparición del sentido de la vida…» (Morín, 2004) y entonces nos perdemos a nosotros mismos en un mar de gente.

Los gritos de dolor y furia se levantan de nosotros cuando nos vemos afectados de manera directa por éstos otros «ciudadanos» que buscan sacar provecho de la impunidad de un país que no quiere escuchar, que no quiere ver. Buscamos levantar la voz, gritar hasta que la garganta se quede en carne viva, convocamos a otros marcados por la pérdida, por la indignación de una injusticia y salimos en grupos a marchar; y la ciudad se cimbra, y el internet explota; Personas de todas edades se posicionan a favor, las pasiones se levantan y bajo consignas de justicia, igualdad y libertad entonamos ¡Mexicanos al grito de guerra! Y el suelo tiembla y, por un momento, damos voz a quienes la perdieron.

Foto por: Carmela Hernández

Pero ninguna pasión por más intensa que sea es capaz de vivir por siempre. Lentamente se apaga y es opacada por otros cientos de tragedias más, y entonces unos nos convertimos en los olvidados y otros en los que olvidan. Y aquel furor muere en el grito de protestantes que se ven envueltos por la necesidad diaria, por las actividades triviales y en general por la vida común. Y olvidamos, seguimos con nuestras vidas, a veces con algo de la culpa del sobreviviente, quien ha visto la muerte y la tragedia de cerca, pero por razones inescrutables fue pasado de largo y salvado. Y viene a nosotros el vacío, la nada y el todo, y el peligro del que hablaba Nietzsche ronda al mundo como ave de mal agüero: «el peligro de todos los peligros: que nada tenga significado» ( Nietzsche, 1887)

Y a veces, por las noches, cuando el insomnio se apodera de nuestra mente, quizás nos preguntemos qué será de los niños en una época marcada por la muerte, las pérdidas, el olvido, la violencia y la incertidumbre económica; o qué será de las madres de niñas y mujeres asesinadas cuyos cuerpos rotos yacen desaparecidos, o los periodistas muertos por recorrer el camino hacia la verdad y la libertad de expresión, o los millones de adolescentes violentados y abusados obligados a vivir en nuestras calles como parias sociales tan sólo por el hecho de haber nacido… y la lista sigue y sigue, y la vigilia se hace perpetua.

En 1950 Luis Buñuel estrenaba su película Los Olvidados, la cual cuenta la historia de un grupo de niños que viven en las zonas marginales de México, bajo la sombra del desamparo, la pobreza y decadencia, un retrato que, pese a ver sido plasmado hace 70 años, continúa fresco sobre una escenario invariablemente desigual.

Foto por: Arizbeth Pacheco

¿Cuántos años más han de pasar para poder reducir la brecha de la desigualdad en México? ¿Cuántos años más para poder constituir un Estado de Justicia social? Es una pregunta que no tiene respuesta, y aunque los políticos se declaran a sí mismos como la salvación, como la transformación, son sólo falsos mesías, cuyos únicos intereses son llenarse los bolsillos y vanagloriarse en su propio poder, bajo discursos de supuesto «humanismo» que pretenden ocultar el temor hacia el cambio verdadero y el odio hacia ciertos sectores de la sociedad (ricos o pobres), que han venido a dividir a un país, ya de por sí divido, como Rob Riemen advierte «Quien pretenda realmente ser un humanista rechaza toda forma de fanatismo y aprende la cortesía del corazón y el arte de la conversación, el diálogo» (Riemen, 2017).

Pero los que olvidan, esas autoridades que deben velar por los desprotegidos, están llenos de furia, ni soñar con un diálogo honesto, mucho menos con un real interés por los olvidados, por ti, por mí, por todos, puesto que nadie se salva de ser mañana o pasado mañana, en un mes o en un año uno más de los olvidados.

2 comentarios en “No hay justicia para los olvidados | Ensayo

  1. Es como si hubiera una termodinámica de las sociedades sujetas a variables que no pueden controlar, como personas en un medio de transporte sin conductor que no aciertan a ponerse de acuerdo de que hacer para conducirlo y se precipitan al precipicio sin remedio y sucede la degradación de los pueblos ¿engañados?, no, más bien insensibles a su responsabilidad propia, siempre alguien tiene que tener la culpa, pero no yo, yo ¿qué puedo hacer?. Como tú dices, somos individuales y siempre queremos ser mejores que los otros. Tal vez esa es nuestra debilidad, como pueblo. Si lucháramos por el bien común todos a la vez nos levantaríamos poco a poco, pero no tenemos ese hábito ni se los inculcamos a nuestros hijos y vamos quedando segregados, pulverizados.
    Un gusto leerte.

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